Los jóvenes ante la jubilación

El canciller Bismarck gobernó con mano de hierro primero Prusia y después Alemania. Era un hombre profundamente conservador y, a pesar de esto, fue quién introdujo las pensiones de jubilación en aquel país. Él no veía contradicción, puesto que, en su opinión, “un hombre con derecho a una pensión de jubilación es mucho más controlable que uno que no tiene”. La pensión de jubilación era, pues, una trinchera ante las ideas revolucionarias.

Yo nací en una España profundamente conservadora donde la promesa de la pensión de jubilación constituía también uno de los pilares de la estabilidad social. Pocos dudaban de que, al llegar a los 65 años, el Estado les fallaría, y eran habituales los trapicheos para conseguir el derecho. Lo que presencié con más frecuencia eran los falsos contratos que, a instancias de una ama de casa que no había trabajado nunca de manera formal, se formalizaban en su favor pocos años antes de la edad de jubilación. En realidad, la beneficiaria ponía de sus ahorros el importe correspondiente a la cotización y el empresario se limitaba a ingresar la cantidad. El negocio era redondo, porque la operación podía suponer para la beneficiaria triplicar su inversión.

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Hoy, en cambio, se ha instalado entre la juventud la convicción de que ellos no cobrarán pensión de jubilación, o que esta será mísera. El pesimismo está más que justificado, pero lo que no están nada claras son sus razones. Aparentemente, la idea es que el Estado no podrá hacer frente a las pensiones porque la generación que les hemos precedido hemos arruinado el Estado, que tendrá que hacer frente a una deuda colosal. La culpa sería, pues, de los padres.

Esta intuición es profundamente equivocada. En realidad, que los jóvenes de hoy puedan o no cobrar una pensión de jubilación depende exclusivamente de ellos, y concretamente de cuántos hijos decidan tener, porque las pensiones no las paga el Estado, sino los hijos. El Estado es solo el administrador del sistema, no su financiador.

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Comparemos la situación de un catalán que tenía 30 años en 1980 con la de uno que los tenga hoy.

Para aquel joven había dos cifras fundamentales: la esperanza de vida que tendría cuando llegara a la edad de jubilación (16 años más de los 65) y cuántos niños habían nacido en los últimos diez años. Con ellas se podía prever que mientras estuviera jubilado habría unos 3,2 catalanes trabajando por cada pensionista.

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Hoy, a pesar de que la edad de jubilación se ha atrasado dos años, la primera cifra ha crecido hasta los 19 años (de media morirá a los 86), pero el cambio fundamental hace referencia a la fecundidad, de forma que ahora se puede prever que el número de trabajadores catalanes que habrá mientras sea pensionista habrá caído a la mitad, a 1,6 por cada jubilado.

El año 1980 el esquema de las pensiones de jubilación era sólido, porque tres contratos laborales que aporten cada uno de ellos un 30% de su coste salarial a la Seguridad Social pueden financiar perfectamente una generosa pensión. Si el número de jóvenes cae a la mitad, la pensión también lo tiene que hacer.

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Se dice a menudo que la única solución en el impacto de la caída de la fecundidad es la inmigración. Se trata de un argumento más bienintencionado que sólido.

La contribución de la inmigración a la financiación de las pensiones depende fundamentalmente de los salarios de los inmigrantes. Si estos equivalieran a la media, efectivamente un inmigrante podría sustituir a un ciudadano no nacido. Lamentablemente, los inmigrantes perciben, de media, un salario muy inferior, con lo cual su contribución es también muy inferior. En el caso de los salarios bajos –los que se sitúan alrededor del salario mínimo interprofesional– lo cierto es que su contribución a la financiación del conjunto de prestaciones sociales es negativa. Así pues, la inmigración de personal poco cualificado no solo no ayuda a resolver el problema sino que lo complica.

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Que las perspectivas de las pensiones sean negativas no significa que se acabe el mundo. Lo que significa es que la sociedad tiene que ser sostenible, y el sistema de pensiones del cual han disfrutado unas pocas generaciones no lo era. Por dos motivos. Porque se basaba en una fecundidad muy alta, incompatible con la sostenibilidad del planeta, y porque –de media– trabajar durante poco más de 40 años no puede permitir vivir sin trabajar durante poco menos de 20 años.

Comprendo que a la clase política le cueste trasladar a la opinión pública estas dos sencillas ideas, pero esto no las hace menos sólidas. La conclusión es que, nos guste o no, la edad de jubilación se irá alargando. De hecho, cuando Bismarck introdujo las pensiones de jubilación, la esperanza de vida de los trabajadores era inferior a la edad de jubilación: las pensiones se consideraban un seguro para una minoría excepcionalmente longeva.

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Casi todos los problemas económicos tienden a solucionarse de una única manera: trabajando más y trabajando mejor. Nos guste o no, las pensiones no son una excepción.