Lágrimas por la madre
He estado unos días sin ver a una persona con la que me relaciono cada día, de esas con las que tienes conversaciones de mantenimiento y, de vez en cuando, intercambias alguna broma rápida y hasta mañana, porque todos vamos al trabajo. Al reencontrarla, le pregunté dónde había estado durante su ausencia, y todavía no había atado dos frases seguidas que se deshizo en lágrimas para explicarme el trasiego que le está causando la situación cada vez más dependiente de su madre. Le ama incondicionalmente, pero ha comprobado que si no pone una distancia física y emocional se ahogará, una conclusión a la que ha llegado tras varias patadas de culpabilidad a la conciencia no exenta de hiperresponsabilidad como hija (más lágrimas), pero que ya no se discute a sí misma por una razón obvia. Quien ha pasado por eso sabe que es una época fatal de la vida adulta, porque todos los implicados sufren, porque a menudo los cuidados recaen sobre las mujeres y porque el desenlace está escrito y no es precisamente feliz.
Aquella confesión tan personal y emocionada entre personajes secundarios de nuestras respectivas películas me conmovió y me hizo pensar en la cantidad de historias que podrían venir detrás de un simple "¿Cómo estás?". Sólo fue una conversación breve, de pie, pero desahogarse y verbalizar que ella también necesitaba vivir le hizo bien. Y me confirmó que, en el fondo, todo el mundo lleva enganchada una etiqueta de "frágil", pero que hacemos el corazón fuerte porque no podemos permitirnos el lujo de hundirnos.