Lamine Yamal: el cambio de época tendrá que esperar
Que Lamine Yamal no haya ganado el Balón de Oro da la sensación de que, simplemente, posterga lo inevitable. Sabemos que el galardón que concede France Football siempre es deportivo y extradeportivo a la vez, que se premian criterios futbolísticos y al mismo tiempo hay un margen para el no-sé-qué. Pero la gracia de Lamine es que cuando se trata de él el no-sé-qué es el núcleo de la cuestión. Después de unos años en los que los altibajos se han podido leer en clave prosaica según si la pelotita entra o no, Lamine encarna un caso de aquellos en los que un individuo deja de serlo y se convierte en una metáfora. El Balón de Oro se limita a retrasar lo que tarde o temprano acabará pasando.
Y todo en Lamine Yamal se lee con la metáfora del cambio generacional: él es el jugador que mejor representa con el balón en los pies lo que su hornada está haciendo en el resto de ámbitos de la vida. Es, sobre todo, la sensación de que por fin se rompe algo que se había ido corroyendo poco a poco. Después de décadas en las que las condiciones materiales y las expectativas de futuro de los jóvenes se han ido volviendo progresivamente más magras, pero todavía visibles a base de cerrar los ojos y chutar el balón hacia adelante, la promoción de Lamine parece que es la primera que ha dicho que basta y que ya no intentará repetir el manual del anterior. Aquel pase con el exterior que vemos cuando cerramos los ojos y pensamos en él, tan extravagante y contraria a las recomendaciones prudentes de usar el pie no dominante, es el tipo de falta de respeto hacia el mundo de ayer que los mileniales nunca se atrevieron a escenificar.
La trampa es que el pase con el exterior de Lamine Yamal funciona, pero quizás la fórmula del éxito del 0,01% se convierte en un engaño para el 99,99% restante. Porque la paradoja de la nueva generación se define orgullosamente como más áspera y desencantada que la anterior. De una manera que contraviene todo lo que habíamos dado por hecho sobre el progreso, los jóvenes que adoran a Lamine abanderan la primera revolución antirromántica, una especie de reverso perfecto de las características que desde mayo del 68 asociamos a los jóvenes. Allí donde había idealismo, confianza en el futuro y voluntad de emancipación colectiva, ahora hay pragmatismo, sospecha ante las promesas y la determinación de salvarse uno mismo sin esperar que se salve el mundo. En el celebrado desacomplejamiento de los chicos y chicas, sin duda, la palabra que más se repite para definirlos, no sabemos si pondrán seriedad donde ha faltado o desenfrenarán cosas que estaban mejor frenadas.
Como todo en el fútbol, el cambio de actitud que representa Lamine es insuperablemente ambivalente. Usando un catalán buenísimo, pero reservándole un papel secundario, se ve que los éxitos de la normalización lingüística son perfectamente compatibles con el incremento de un cierto españolismo banal. Diciendo muy calculadamente que merece el Balón de Oro, vemos la libertad de quien ya no pide permiso para tener voz propia y la servidumbre de quien tiene que convertir cada palabra en una campaña de promoción de sí mismo. Con el 304 que hace con los dedos cuando marca, existe la certeza absoluta de que el país puede integrar a todo el mundo felizmente y multiplicadora, y el miedo a que hacerlo dependa de los recursos educativos de la Masía que convertirían a Lamine en una excepción que no dice nada de la norma.
Saludamos el aplazamiento del Balón de Oro de Lamine Yamal, convencidos igualmente de que el cambio generacional es implacable y no sabemos si sentir miedo o esperanza.