La lengua de esta abuela

Son una familia formada por la madre, una niña de trenzas negras, de unos seis o siete años, el niño, hermano de ella, quizá un año menor, y la abuela, una mujer joven y menuda, de pelo corto, gafas y vestida con pantalones vaqueros. Conversan en castellano con acento quizá del Perú. La joven abuela, ya se ve, es quien lleva la voz cantante. La que sabe que los cuatro tienen que bajar a Pallejà y cuántas paradas les faltan, la que dice a la hija (o quizá es la nuera) que hay un asiento libre al fondo del vagón y que vaya, y la que entretiene a los dos niños, que se han sentado con ella. La niña saca un libro de esos que tienen páginas imantadas donde pegar letras o flores y animales, que vienen con el mismo libro.

Vamos a ver si me dices los números, que yo no sé nada”, dice la abuela, de broma. Y hete aquí, entonces, que se produce un fenómeno lingüístico extraordinario. La abuela, esta mujer resolutiva y práctica, se pasa al catalán y le pregunta a la niña: “Dime... cuál es el círculo?” La niña contesta: “¡Este!” Y la abuela, acto seguido: “Y dime... cuál es el cuadrado?”, de manera que la niña señala una figura y repite: “¡Este!” Después atacan los números, también con éxito rotundo.

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La madre en ningún momento se implica en la práctica. No sé si entiende la conversación. El niño mira el móvil. Pero la abuela ya ha entendido que esta es la lengua de la escuela. Quizá es quien va a buscar a los niños y ha intercambiado cuatro palabras con los maestros. Ya conoce los números en esta lengua que no es la suya y sobre todo entiende, o sin querer intuye, que la lengua es el salvoconducto a la vida social futura. A ella no le ha costado aprender esto, ya se ve, como quizá sí le costaría a la madre de la niña. Es de estas mujeres que “quieren entender” los mecanismos de las cosas del mundo. Las reconozco al instante.

Bajan a Pallejà cuando ella lo dice. Sonrío. Me han alegrado el viaje.