El primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ante la prensa después de votar este domingo en Budapest.
13/04/2026
Periodista
3 min

La derrota de Viktor Orbán en las urnas tiene varios perdedores. El final del hasta ahora todopoderoso primer ministro húngaro y líder más veterano de la Unión Europea es el resultado de una serie de errores de cálculo y de un hartazgo transversal con los excesos de un caciquismo clientelar en un país castigado por la inflación, la erosión de los salarios y la falta de inversión crónica en sanidad, educación o servicios públicos. Orbán se ha equivocado de mensaje, de amigos y de enemigos. El malestar económico se ha impuesto al discurso del miedo y de la amenaza externa.

La derrota inapelable de Fidesz, después de 16 años de poder absoluto, demuestra que criminalizar a la Unión Europea tiene un límite: el riesgo de quedar excluidos de ella. Solo hay que ver la evolución acelerada del discurso proeuropeo de Péter Magyar. Cuando las elecciones se convirtieron en una disyuntiva entre el Este y el Oeste, los húngaros salieron masivamente a votar para recuperar su relación con la Unión Europea. La campaña de Magyar supo conectar con los eslóganes de la Hungría de 1989 o de 1956, que gritaba en las calles “Rusos, marchaos a casa”.

La arrogancia de Orbán le cegó. Convertido en un contrapoder en Bruselas, no supo entender que, a pesar de todo, la UE es mucho más que una amenaza a la soberanía de sus estados miembros.

Montenegro aspira a convertirse en el socio número 28 de la Unión Europea en 2028, y Albania confía en ser el siguiente. Mientras tanto, Islandia organizará un referéndum el próximo mes de agosto para decidir si reabre las negociaciones con la UE, y en Noruega el debate ha vuelto a la conversación pública.

de la iliberalidad– y su administración, que tanto se esforzaron por salvar a su aliado.

La caída de Orbán también es un revés para la Europa trumpista: “Una ducha de agua fría”, según el diario italiano La Repubblica, para la extrema derecha que se ha hecho fuerte en la Unión. El líder de los llamados “patriotas” europeos, hasta hace poco “héroe” –como le decía Steve Bannon– e inspiración para el proyecto político de la derecha radical de los Estados Unidos, se ha convertido, en cambio, en el símbolo de la vulnerabilidad de Donald Trump –gran hermano del il·liberalismo– y su administración, que tanto se esforzaron por salvar a su aliado.

El abrazo del oso de un Donald Trump descontrolado no es infalible. Las embestidas retóricas del vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, acusando a la UE de injerencia política quedaron amortiguadas por la realidad de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, donde se dice, negro sobre blanco, que Washington está dispuesta a financiar partidos políticos y organizaciones civiles que desafíen a la UE desde dentro.

Las alianzas de Orbán solo sirvieron para hundirlo un poco más en sus contradicciones. El líder del Fidesz, que equiparaba en sus discursos la Unión Europea con la Unión Soviética, acabó valiéndose del apoyo del Kremlin y de las redes de desinformación rusas para erosionar tanto a Magyar como a la UE.

En el año 2023, el entonces ministro checo de Asuntos Exteriores ya lo había acusado de ser el “caballo de Troya” de los “intereses rusos”, y el actual primer ministro polaco, Donald Tusk, ha insinuado, incluso, que filtra información de las discusiones del Veintisiete al Kremlin.

Vladímir Putin ha perdido un aliado importante.

“El cambio será evidente, sobre todo en la política internacional –me dice el presidente de la Hungarian-Europe Society, István Hegedüs–, porque esta postura pro-rusa y toda la retórica de propaganda antiucraniana desaparecerán”. “Es un mensaje para los amigos de Orbán en el mundo”, remacha este antiguo militante liberal, que coincidió con Orbán en sus primeros años de activismo político, pero que este martes me confesaba que llevaba 16 años esperando este día.

Ahora habrá que Péter Magyar lea bien los resultados. Él es el vencedor de una movilización masiva contra Orbán. El ganador del final de una era que marcó el camino para la radicalización de la derecha europea y que hoy es un poco más débil.

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