La ley de los estados y la pesadilla judicial

1. Callejón sin salida. Cómo era previsible, el Parlamento Europeo ha retirado la inmunidad parlamentaria a Carles Puigdemont, Clara Ponsatí y Toni Comín. Los tres principales grupos parlamentarios, es decir, los que acumulan más poder (populares, socialistas y liberales), han votado a favor del suplicatorio, con algunas pequeñas fugas. La Unión Europea, por mucho que se la quiera vestir como una entidad supranacional, no deja de ser un tratado intergubernamental entre estados que siempre se protegerán entre ellos en cuestiones que puedan afectar directamente o indirectamente su condición. Desde el primer día ha quedado claro que el independentismo podía esperar poco de Europa: un club de estados.

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Por lo tanto, todo queda ahora en el terreno de las disputas judiciales, que de hecho es donde lo condujeron las instituciones españolas desde el momento que el gobierno Rajoy renunció a resolver el conflicto por la vía política. Y no parece casual que precisamente hoy el juez haya vuelto a retirar el tercer grado a los presos de Lledoners, con el inquietante argumento que “no tienen conciencia de la comisión delictiva” y se requiere más tiempo para que “el tratamiento penitenciario tenga efecto”. Un razonamiento propio de una pesadilla orwelliana.

Los jueces son muy suyos y alguna percepción equivocada sobre sus colegas extranjeros ha permitido al independentismo marcar algún punto tanto en Alemania como Bélgica y Escocia. Ahora habrá que ver el peso que una decisión del Parlamento Europeo y las renovadas presiones españolas sobre las autoridades políticas y judiciales europeas tienen sobre el criterio de los que tienen que decidir las extradiciones. Sea como fuere, el final de este recorrido será el Tribunal de Estrasburgo, al cual tarde o temprano llegará la sentencia del Tribunal Supremo. Y queda lejos. Y no hay tanto tiempo que perder.

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2. Ficciones. Ha habido muchos momentos en que el atasco en que estamos desde octubre de 2017 se habría podido evitar. Los gobiernos españoles no se quisieron anticipar cuando tenían todas las de ganar sin necesidad de entrar por la vía represiva. Y el gobierno catalán no supo pararse a tiempo y evitar el abismo judicial. Pero la política y el orgullo de las naciones tienen lógicas que la razón no siempre entiende. Ahora todavía habría una oportunidad, que no se tendría que demorar: el indulto o la amnistía como salida de la vía judicial. Y la aceptación por unos y otros que no hay otra vía que la política. Pero romper las polarizaciones es ir contra la corriente. Y exige, además, el coraje de reconocer al otro.

George Orwell nos da dos pistas interesantes sobre el papel de la creencia y de la ambición humana que está siempre en el sustrato de la política. Dice Orwell: “El lenguaje político tiene por función hacer creíble el engaño y dar a aquello que solo es viento una apariencia de consistencia”. Y así estamos en una confrontación entre patriotismos que lleva tiempo dando vueltas sobre sí misma, porque nadie es capaz de romper el círculo vicioso. Y el lío nos lleva por largos rodeos judiciales que son un camino hacia ninguna parte, en la medida en que quienes podrían evitar esta deriva no están dispuestos a hacerlo y parecen querer convertir la pugna judicial permanente en statu quo. Y lo peor es que las dos partes se van acomodando, sin darse cuenta de que esto puede ir regalando espacio a los sectores más reaccionarios de cada lado. Aquí nos cruzamos con otra sentencia de Orwell: “El poder no es un medio, es un fin”. Y, por lo tanto, el que lo tiene piensa en no perderlo por encima de todas las cosas. ¿Cuánto de tiempo hace que Pedro Sánchez insinúa que los presos saldrán a la calle? ¿Por qué no osa dar el paso? Por miedo a la reacción de los suyos. 

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3. Futuro. Y, cambiando de tema, puesto que hoy me ha dado por Orwell, una última reflexión suya: “Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. Quizás esta enigmática frase permitirá entender por qué Joan Laporta ha ganado las elecciones del Barça.

Josep Ramoneda es filósofo