La literatura es placer de lenguaje
Cuando veo que los libros más populares y los que ocupan los primeros puestos en las listas de más vendidos son obras sin ninguna ambición literaria, sin ninguna conciencia de estilo, escritas con un lenguaje pobre, llenas de clichés y personajes planos y que lo que más se destaca es que van de esto o de aquello, se me cae el alma a los pies. Wal·lah (lo juro, que dirían en mi barrio) que no lo digo por envidia (me siento afortunada de tener lectores que me han transmitido su afecto desde que publiqué el primer relato en una revista de mi instituto y aunque este sea un pecado capital de alcance nacional, yo a quien envidio es a los escritores capaces de sobreponerse a las numerosas dudas que acompañan nuestro trabajo para crear obras magníficas, aquellas que a mí me habría gustado escribir, pero en este caso la fuerza destructiva de la envidia se transforma en su reverso positivo: la admiración).
No es esta una queja elitista ni un desprecio hacia la literatura popular que distrae y tiene un efecto en quienes la consumen equiparable al de las obras consideradas de primer nivel. Lo que me parece un peligro es que cada vez más los libros que se publican con el objetivo de llegar a grandes masas de lectores sean creados con la idea de que, cuanto más empobrecido sea el lenguaje que utilizan, más fáciles serán de vender. Y así se produce un verdadero proceso de escamoteo y sustitución: leemos creyendo que leemos buena literatura cuando, de hecho, la buena literatura nos es negada. Leer una novelita romántica de las que consumen ahora tantas adolescentes no es ni de lejos un problema, el problema es cuando estas lecturas van ocupando todo el espacio disponible y el mercado ni siquiera da la oportunidad de descubrir otros libros accesibles (el hermetismo me parece una forma de esnobismo, casi un clasismo que no esconde más que la vacuidad de los autores que no tienen nada que decir y han de hacerse incomprensibles para parecer más inteligentes que sus lectores).
En todo esto las lecturas que les damos a los alumnos en formación son decisivas, forman su gusto y pueden ensanchar su universo literario o bien reducirlo a un mínimo miserable. Si yo con 12 años me deslumbré con Aloma, ¿por qué las niñas de hoy no pueden encontrar una obra de la misma calidad literaria que les haga el mismo efecto? Quizás porque les hemos dicho que los protagonistas de las historias se les deben parecer y les hemos matado la curiosidad por descubrir las vidas de personas muy diferentes que viven situaciones muy diferentes, quizás porque el mercado audiovisual está condicionando la manera que tenemos de entender la ficción. Pero la literatura no es solo explicar una historia, es también articular un lenguaje que tiene como principal objetivo buscar la belleza en sus formas más diversas. Ahora hacen una nueva adaptación cinematográfica de La Odisea, por ejemplo, y yo me niego a ir a verla porque el pobre Homero (si es que existió) no solo nos dio a conocer las aventuras de Ulises y los suyos, también creó una lengua única a la que tenemos acceso gracias a los buenos traductores.
Por todo esto me despido de ustedes con un libro que he descubierto gracias a la recomendación de un buen amigo, Javier Pérez Andújar, y que merecería mucha más atención (y lectores) de la que ha recibido. Se trata de Els moixons, de Montse Virgili, escrita con un catalán que es una fiesta para los sentidos, original y lleno de belleza. Algunas de las imágenes que crea con sus descripciones se me han puesto bajo los párpados y sé que no las olvidaré jamás. Solo un par de ejemplos de las numerosas frases que he subrayado en el ejemplar que tengo: “Lleva una risa permanente en los labios y la lengua la tiene afilada por un esmolador de vida” o “Mi nación será la de las mujeres como Cinta, que se ensucian y se han arrancado, como la cabeza de una sardina, el miedo a perder”.