Los llantos de las letras catalanas
Asisto a la Noche de las Letras Catalanas, en el MNAC. Hago, con el colega Xavi Bosch, de entregadora, y hemos podido leer la crónica. Damos el premio Mercè Rodoreda, de cuentos, que antes se llamaba Víctor Català (yo no le habría cambiado el nombre). La gala se transmite por la televisión y la radio, y está muy bien que sea así, porque la literatura debe ser industria y eso que la llaman glamour. Al ser una gala literaria, los presentadores no hacen muchas bromas. El escenario es elegante y el galardón se ilumina de rosa como una lámpara de bazar. Tengo ganas de ganar dos premios literarios por tener dos y ponerlos en las mesitas de noche. Lo de antes (lo tengo en la librería, mi querido Mercè Rodoreda) era de cera calabaza.
Y he aquí que, como la gala sale por la tele, los libradores y premiados somos conducidos a la sala de maquillaje. Hay canapés, que al autor catalán es algo que siempre le ilusiona. La maquilladora me sienta y me pone las toallitas en el cuello que impedirán la mancha. Entonces me pregunta: "¿Vas a llorar?" No lo entiendo. "Que si vas a llorar en la gala".
Claro, podría ocurrir que yo ganara un premio, se lo dedicara a mi madre y llorara. Ella no lo sabe, y debe preguntármelo por si debe ponerme en los ojos el denominado "water-proof", un rímel a prueba de sentimientos. Me gusta mucho este gesto profesional. En Hollywood lloran, y, en una fiesta literaria, debería poder llorar, sobre todo si piensas en la pastarrufa de según qué premio. Ella quiere saber algo que pensaba que yo tenía calculada. Lloraré o no lloraré, si pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar, que pienso llorar; quiera mancharme los ojos de negro, como Joker. Me encanta la pregunta.