El mal humor

La escritora Llucia Ramis dice que está “acollonada” porque a pesar de haberse podido permitir una hipoteca para un piso, después de años de ir de alquiler en alquiler, quién sabe si algún día no llegará a pagar la cuota. Se agradece a la escritora y a la entrevistadora, Laura Serra, que hayan contribuido a popularizar esta forma mallorquina de lo que en Cataluña sería estar “acollonida” y, al mismo tiempo, lamentamos que esta ocasión de enriquecer vocabulario nazca de la cruda realidad inmobiliaria. Porque si alguien quiere leer un resumen muy bien explicado del gran malestar contemporáneo en que se ha convertido poderse pagar un lugar donde vivir, que lea la entrevista.

La mala maror ya es una constante vital de la sociedad europea, y por tanto también de la catalana, con la especificidad de nuestro malestar nacional crónico. Las manifestaciones de maestros de estos días, como antes las de los médicos o la de los agricultores, también son elocuentes. Nadie está contento con nadie. Ni los que tienen trabajo. Tiene que ver con el poder adquisitivo y la capacidad de ahorro, con la exigencia laboral, con la ineficacia y la burocracia administrativa, con la inteligencia artificial percibida como una inminente amenaza laboral, con el hecho de que gente muy bien preparada, que décadas atrás habría encontrado trabajo en Cataluña, se va del país, hacia allá donde los sueldos son dos y tres veces mejores, con la evidencia de que los impuestos sirven para resistir, pero no mejorar, y encima te tienes que oír decir insolidario, como en la campaña andaluza estos días. Y todo aderezado con el ruido de fondo de la pelea política que no sirve para producir bienestar. El adelgazamiento de la clase media es un hecho, y esta es una mala noticia para cualquier país que quiera estar cohesionado. El colchón cada vez es más fino y el suelo es muy duro.