La mayoría de edad de las mujeres
La Ilustración no es un capítulo antiguo y superado de la historia de las ideas, sino el núcleo normativo de la democracia liberal. Es, sobre todo, la apuesta política por sustituir el sometimiento a la tradición, al dogma, al capricho del poder, por la autonomía, y sustituir el autoritarismo por la crítica. Kant lo resumía cuando decía que la Ilustración es "la salida del ser humano de su minoría de edad autoimpuesta". Y con el avance de la oscuridad reaccionaria habrá que recordar que la luz es preferible a las tinieblas y que la defensa de la democracia sigue.
Esta "salida" de la minoría de edad no es sólo moral; es institucional. La democracia liberal no promete virtud, sino límites: límites al poder, límites a quienes quieren que la verdad revelada se convierta en ley, límites a la tentación de imponer una identidad única. La Ilustración no es un entusiasmo naíf por el progreso; es un conjunto de garantías: separación de poderes, derechos fundamentales, libertad de expresión, pluralismo. Todo lo que impide que el poder se convierta en absoluto o confunda o subordine la ley de los humanos a la ley de Dios.
Cuando esta herencia se debilita, lo que se tambalea no es sólo la cultura política, sino la democracia misma, que exige esfuerzo porque necesita ciudadanos críticos, instituciones vigilantes y una esfera pública capaz de discutir sin excomulgar.
En este punto, la laicidad deja de ser un detalle cultural para convertirse en una pieza estructural. La laicidad no es hostilidad en la religión; es neutralidad del Estado frente a las convicciones. Es el mecanismo que garantiza que el espacio público se gobierne con normas discutibles y compartibles, no con dogmas. Sin laicidad, la democracia pierde su terreno neutral; sin Ilustración, la laicidad, en lugar de proteger derechos, les restringe en aras de una supuesta cohesión cultural. La laicidad democrática, y también la aconfesionalidad del estado, no va contra las creencias; es contra el privilegio político de cualquier creencia.
El derecho de las mujeres es una pieza central del proyecto democrático, y no una agenda sectorial. Es una lucha por el derecho a existir como sujetos libres, autónomos y con voz propia. Cuando se cuestiona la libertad sexual de las mujeres, cuando se banalizan los abusos, cuando se pretende definir su identidad desde fuera, lo que se hace es negarles esa "mayoría de edad" que la Ilustración proclamaba. El oscurantismo, sea religioso, cultural o político, no ataca sólo a derechos concretos: ataca la idea misma de la mujer como ciudadana.
Los derechos de las mujeres son una expresión contemporánea de los derechos fundamentales. Defender la libertad sexual, la integridad física, la voz pública y la plena ciudadanía de las mujeres es defender el corazón mismo de la democracia liberal. Cuando el oscurantismo –bajo formas diversas– intenta limitar estos derechos, lo que pone en cuestión es la promesa ilustrada de ciudadanas adultas. La laicidad es su forma institucional; el feminismo, una de sus expresiones más exigentes. La persistencia de una idea radical: que las mujeres –como todos los seres humanos– son sujetas libres, autónomos y con voz propia. Sin esto, no hay Ilustración; y sin Ilustración, la democracia se vacía.
El debate sobre el burka en España no puede reducirse a una pugna identitaria ni a una confrontación cultural. Si quiere situarse en el terreno de la democracia liberal, la cuestión central es otra: ¿cómo se protegen mejor los derechos fundamentales de las mujeres como sujetos autónomos, con cuerpo propio, identidad jurídica y voz pública? Una sociedad que proclama la igualdad entre hombres y mujeres no puede ignorar que la ocultación integral del rostro –cuando está vinculada a mandatos religiosos o presiones comunitarias– es una forma de invisibilización civil.
El argumento no es contra una fe, sino contra cualquier práctica que sitúe a las mujeres bajo estándares más restrictivos que los de los hombres. Las mujeres musulmanas tienen iguales derechos que las no musulmanas: libertad individual, autonomía corporal, capacidad de decidir sin tutela. La libertad religiosa es un derecho fundamental, pero no es absoluto: encuentra su límite al entrar en conflicto con la igualdad y la dignidad de la persona.
La lucha contra la subordinación de las mujeres no es un panfleto. Es un gesto, una reivindicación continua. Sea en la isla de Epstein, en el despacho del superior jerárquico policial, en la sala de reuniones o en la calle. Profesen la religión que profesen y tengan la profesión que tengan, las mujeres tienen los mismos derechos y dignidad que los hombres y el primer derecho está en la propia existencia como un ser adulto en una democracia.