Menores y redes sociales: prohibir es sólo el principio

Era cuestión de tiempo que el gobierno español anunciara restricciones en las redes sociales. Se podía intuir por el interés hacia ejemplos como el de Australia o, próximamente, el de Francia. La primera chispa del debate sobre la restricción por edad estalló en el verano del 2024, con la polémica del consumo de contenido pornográfico a edades muy tempranas. En ese momento, el gobierno anunció la Cartera Digital Beta, un pasaporte digital que incluye la verificación de edad –vulgarmente bautizada como pallaporte–. La restricción también se menciona en el anteproyecto de ley para la protección de menores en entornos digitales, cuya tramitación se encuentra en marcha.

Estamos de acuerdo en que es urgente actuar, pero seamos conscientes de que nos espera un camino de ensayo-error y que será primordial anticiparnos mientras aprendemos de lo que no funciona en otros países. La experiencia australiana ya muestra cómo adolescentes y preadolescentes encuentran rápidamente mil y una manera de saltarse la restricción por edad, reduciendo su impacto real y erosionando la credibilidad de la medida. De nuevo, la Cartera Digital Beta es, probablemente, la mejor forma de abordarlo, y debería funcionar en todos los estados miembros de la Unión Europa a finales de 2026. La verificación de edad en internet es una cuestión técnicamente compleja y, al mismo tiempo, filosóficamente honda. Demasiado, tal vez, para dejarla en manos del interés y criterio de las grandes proveedoras.

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Por otra parte, que proliferen prohibiciones en distintos países es un fuerte aviso para navegantes: queda claro el rechazo frontal hacia las plataformas que se lucran a expensas de explotar las vulnerabilidades de las personas. Durante años, las plataformas han sorteado la responsabilidad sobre el impacto de sus sistemas aprovechando un vacío legal: sólo responden cuando tienen conocimiento explícito de contenido ilegal. Las empresas, sus responsables y grandes inversos que las alimentan han tocado el violín cada vez que se les ha exigido dar respuesta a situaciones como la desinformación o los discursos de odio. Ante la presión reguladora para asumir la moderación de contenidos, la respuesta ha sido reducir sistemáticamente los equipos (mayoritariamente sometidos a condiciones laborales inaceptables) y sustituirlos por una supervisión algorítmica poco precisa o por notas de la comunidad.

Así pues, éEs un momento prolífico para construir nuevos referentes. Dinamarca ha propuesto, con mucho acierto, acompañar la prohibición con formaciones y promoción de alternativas. Hay que presionar a la industria desde todos los flancos posibles y, al mismo tiempo, dar juego a soluciones públicas y socialmente responsables: plataformas y proyectos que nos conecten en lugar de polarizarnos, que respeten nuestra atención en lugar de explotarla, y que cuiden la salud mental en lugar de enfermarnos.

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El propósito sería que, cuando lleguen a los 16 años, los jóvenes puedan florecer y crecer en plataformas digitales deseables. Es decir, que en lugar de limitarnos a poner puertas al campo, replanteamos cómo labramos la tierra. El objetivo debe ser prohibir la explotación de la atención como recurso mercadeable, especialmente cuando se construye sobre la vulnerabilidad de cerebros inmaduros, inseguros y en plena búsqueda de una identidad propia.

Sumemos, además, que hoy la vida digital no se sostiene sólo sobre las redes sociales. Cada vez más, las interfaces conversacionales de la inteligencia artificial se están convirtiendo en espacios de intimidad, confidencia e incluso mentoría. ChatGPT, Character AI y Claude han entrado a formar parte de su círculo de confianza. El 70% hay hablan habitualmente, y un tercio de los que lo hacen sienten que es tan gratificante o más que hablar con otra persona. El problema no es que hablen, sino que confíen. Estas aplicaciones no están pensadas para el acompañamiento emocional de un cerebro inmaduro, inseguro y en plena construcción identitaria, sino para maximizar su uso, dependencia y vinculación continuada. No podemos olvidar que son herramientas que se basan en calcular cuál es la palabra más probable a utilizar a continuación, aunque el grado de antropoformización nos haga olvidar que lo que hay en el otro lado es sólo código.

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No será sencillo y nos llevará tiempo y esfuerzo, pero valdrá la pena recorrer el camino. La industria digital no cambiará por iniciativa propia y debemos apostar por dar visibilidad a las alternativas que ya existen: empresas y proyectos con modelos de negocio transformadores, construidos sobre el respeto máximo a la fragilidad humana. Ha funcionado en otros casos, como el alcohol y el tabaco, las normas de circulación vial y los combustibles fósiles. En términos de sociedad digital, no diría que lo tenemos cerca, pero nunca habíamos estado tan cerca como ahora.