Un mes de una guerra regional que nos empobrece a todos
Nadie podía imaginar, cuando EE.UU. e Israel lanzaron los primeros ataques contra Irán el sábado 28 de febrero, que especialmente Washington y, en concreto, el presidente estadounidense, Donald Trump, no habían previsto las consecuencias. La evolución de los acontecimientos lo deja cada vez más claro: no había estrategia. Si acaso, por parte de EE.UU. Otra cosa es el gobierno de Benjamin Netanyahu, que aprovecha la coyuntura para alcanzar sus metas expansionistas, sin ningún tipo de respeto al derecho internacional y los derechos humanos.
Un mes después del inicio del conflicto, el régimen religioso y autoritario de Teherán sí ha sabido responder también con una estrategia clara, consistente en la extensión de las hostilidades por todas las petromonarquías del golfo Pérsico. Y también cerrando el estrecho de Ormuz, por donde pasa la quinta parte del petróleo y el gas que abastece el mundo. Y ahora, con la amenaza de poner un candado a otra ruta esencial, el estrecho de Bab el-Mandeb, que une el mar Rojo con el golfo de Adén y, de ahí, con el océano Índico, y que, además, es la ruta más corta entre Europa y Asia a través del canal de Suez.
El alcance de la batalla comporta que una de las escasas victorias que puede presentar Trump es la de conseguir abrir el estrecho de Ormuz, que, por cierto, ya lo estaba antes del conflicto. Y ahora, además, ni sabemos cuándo se podrá utilizar para navegar y, probablemente, se tendrá que pagar por pasar. Todo ello encarecerá un transporte que ya ha visto cómo se disparan los seguros y todos los costes relacionados.
Los mercados parece que le han tomado la medida a Trump y, a pesar de sus anuncios, avances y retrocesos, el barril de petróleo acumula un alza de más del 50% desde que comenzaron los ataques. Y aunque el crudo pesa menos que en las crisis de los años 70 –se utiliza menos energía por cada unidad de producto interior bruto (PIB)–, el contagio existe. Se nota en las gasolineras, y por eso el gobierno español ha puesto en marcha un paquete de 5.000 millones de euros para paliar sus efectos.
Índice de precios de consumo (IPC) avanzado de marzo, el primero que recoge el impacto de la guerra, se ha disparado desde el 2,3% de febrero hasta el 3,3%, y el Banco de España calcula que habrá menos crecimiento y más inflación. En resumen, con cada euro podremos comprar menos cosas y, si bien el primer impacto que recae en los carburantes no se ha trasladado del todo al resto de la economía y sobre todo, a la cesta de la compra, todo dependerá del tiempo.
Nos empobrecemos a consecuencia de una guerra, que lejos de suponer la caída de un régimen autoritario y de no tener el apoyo del derecho internacional puede suponer menos crecimiento. Y esto, combinado con más inflación y encarecimiento de la financiación para las familias y las empresas con subidas de los tipos de interés para contener los precios y, por tanto, menos empleo. En todo caso, en medio de este contexto que será más negativo cuanto más larga sea la duración de la guerra, hay algún elemento positivo, como es un mayor peso de las energías renovables, que han evitado en España que la electricidad suba tanto como en Alemania o en Italia, por la menor dependencia del gas. Pero el mal ya está hecho y el impacto irá creciendo, aunque el conflicto acabara de aquí unas horas. Por eso hará bien el gobierno español de tener preparadas más medidas para contrarrestar unos daños que serán mayores cuanto más dure el bloqueo del estrecho de Ormuz y la guerra.