Muerta por avaricia

Tenía escrito este título para el artículo cuando he visto que el actor irlandés Liam Cunningham le ha dedicado a Maricarmen Abascal el mismo epitafio en un tuit, solo que él ha sido más específico: “Murdered by greed”, ha escrito, asesinada por la avaricia. Sí, “asesinada” es más exacto. El caso de Maricarmen ha dado la vuelta al mundo y el icono se ha hecho global, porque la crisis de la vivienda se extiende por toda Europa, en forma de colapso y de emergencia. Por eso, y porque reaccionar ante la infamia es un comportamiento afortunadamente humano, salvo para los individuos que viven ya anestesiados por el cinismo. O por la misma avaricia. Maricarmen no ha resistido el trago de ser expulsada de su casa por un pelotón de policías que tiraron la puerta de su piso al suelo, como si fueran a enfrentarse con una delincuente peligrosa. Quien no comprenda que esta mujer ha muerto por eso no está en condiciones de comprender nada.

Antes de morir, sin embargo, y a diferencia de tantísimas otras víctimas de la especulación y de un mercado inmobiliario descontrolado, Maricarmen tuvo ocasión de hacer oír su voz. Es interesante recuperar los vídeos con sus declaraciones, porque en ellos se percibe que era una persona sin ninguna vocación de mártir. Sí que era consciente de sufrir un abuso, y agradecía el apoyo de quienes salieron a manifestarse por su desahucio y los animaba (animaba a todo el mundo) a “continuar luchando”. No respondía al arquetipo de un pobre, a la idea desdibujada y tópica que la mayoría tiene de un pobre. Había trabajado como funcionaria, había cotizado durante décadas, recibía una pensión que se podía considerar “buena”, dentro de las avaras prestaciones que ofrece el sistema de pensiones español. Y, aun así, en los últimos días de su vida ha tenido que sufrir uno de los peores atropellos que puede sufrir cualquier persona. La lección de Maricarmen es abrumadora de tan obvia: quedar al margen, dormir al raso, ser un pobre, es una posibilidad a la que está expuesta la inmensa mayoría de la población. Estamos expuestos todos.

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Que el caso de Maricarmen haya causado un impacto enorme en vez de pasar desapercibido, como todos los otros miles de desahucios que hay al año, no es un hecho sospechoso sino la activación de una alarma social que debemos agradecer. Que los partidos políticos reaccionen a esta alarma, y que hagan electoralismo y oportunismo con ella, es obvio. Lo interesante no es eso, sino qué viene después: que unos trabajen para responder a ello, protegiendo por ley los derechos de los ciudadanos, mientras otros se dedican a difamar a la víctima. A difamar a víctimas y a prometer la privatización de las pensiones y la persecución de las bajas laborales. Que haya una huelga general para reivindicar a las miles de personas que mueren en la pobreza, o que se suicidan como lo hicieron Olga o Javier, ambos de Hospitalet, porque los echan de su casa, no solo no es “inoportuno” (como ha dicho Sánchez Llibre, a quien se puede atribuir una parte importante del no de Junts a los decretos de vivienda) sino que es un acto de justicia social y dignidad humana.