Nadie acertó la segunda pregunta
Hace unos días, en una conferencia sobre género y ciencia, planteé al público dos preguntas de un cuestionario que había publicado la revista Nature. ¿Qué porcentaje de los Nobel científicos ha ido a mujeres desde 1901? Todo el mundo lo acertó, un 4% (solo 27 de los 660 Nobel de física, química y medicina). ¿Y en la última década? Nadie lo acertó, porque todos apostaron por cifras más altas. Es un 12%, 9 mujeres entre 78 premiados. Tenemos bien aprendida la injusticia del pasado, pero pensamos que el presente ha cambiado más de lo que lo ha hecho. Este octubre no ha ayudado en nada. Los seis galardonados en física, química y medicina de 2026 son hombres.
Cabe decir que Marie Curie sigue siendo la única persona con dos Nobel científicos, y que medicina acumula más de la mitad de los premios que han ido a parar a mujeres. Pero ninguna de estas es Rosalind Franklin.
Watson, Crick y Wilkins compartieron el de medicina de 1962 por la estructura del ADN. Franklin había muerto en 1958, a los 37 años. Se suele decir que quedó fuera porque estaba muerta, pero hasta 1974 los estatutos del Nobel no prohibían los premios póstumos. Su fotografía 51, la imagen de rayos X que Wilkins enseñó a Watson a principios de 1953, fue decisiva. Watson escribió que al verla se le abrió la boca y se le disparó el pulso. Y construyó el relato de una científica meticulosa incapaz de ver lo que tenía delante. El periodista Horace Judson, autor del relato más conocido del descubrimiento, lo resumió diciendo que el patrón “gritaba hélice” y que ella le dio la espalda a su propio descubrimiento.
Sin embargo, un artículo publicado este mes en el Journal of the History of Biology desmonta este relato a partir de los cuadernos de Franklin. El historiador Alistair Sponsel y el cristalógrafo Brian Sutton muestran que el 2 de mayo de 1952 Franklin reveló la fotografía 49, hecha con la misma muestra. Aquel mismo día calculó que la molécula se repetía cada 34 angstroms y que había diez capas de bases por vuelta de hélice, los parámetros sobre los cuales Watson y Crick construyeron su modelo. La imagen había salido descentrada y le faltaba uno de los arcos. Aquella noche decidió repetirla con el soporte bien alineado. La 51 no era un experimento que no supo interpretar. Era la versión pulida, pensada para publicar, de unos cálculos que ya había hecho.
Decir que la fotografía "hablaba sola" borra el trabajo y el criterio de quien la hizo posible. Es un mecanismo bien conocido, de hecho. La historiadora Margaret Rossiter lo llamó “efecto Matilda”: la tendencia a reconocer menos a las mujeres que a los hombres por aportaciones equivalentes.
Las cifras del Nobel no son solo cosa de Estocolmo. Son el último eslabón de una cadena que empieza mucho antes, en quién recibe financiación, quién firma en primer lugar, quién es citado y quién es propuesto. Setenta y cuatro años después, todavía hace falta ir a los archivos para devolver a Franklin lo que era suyo. Quizás algún día la segunda pregunta del cuestionario ya no sorprenderá a nadie.