Los neofascistas son lo que parecen

La sentimentalidad y la infantilización que, desde hace tiempo, dominan en la política (española, y también catalana) hacen aparecer, de repente, a un individuo como Iván Espinosa de los Monteros en el papel de víctima con la que se puede empatizar. No sería de extrañar que algún canal de televisión supuestamente progresista encontrara el momento para hacerle una entrevista-masaje que culminara el proceso de blanqueo de un personaje venenoso, a la manera de lo que ya sucedió, en el momento de salir disparada de Vox, con la no menos nefasta Macarena Olona. Por el momento, algún periodista de alguna cabecera también supuestamente progresista ya ha descrito a Espinosa de los Monteros en estos términos: “[...] no tenía, como se ve, ningún sentido dentro de Vox; es educado, formado, accesible, discreto, usa sus argumentos, no los ataques personales [sic], le gusta la confrontación directa, no los insultos sectarios [sic], no es en modo alguno un ultra”. Dicho de otro modo: si ha sido dirigente y diputado en el Congreso de un partido de extrema derecha, ha repetido a diestro y siniestro las soflamas de odio contra los colectivos que odia siempre la extrema derecha y no ha parado de identificar a personas y grupos como enemigos de la patria que hay que abatir, como hace la extrema derecha, no significa en absoluto que Iván Espinosa de los Monteros sea un politicastro de extrema derecha. Se ve que es un pedazo de pan que acabó ahí por error, guiado por las intenciones más nobles, y que finalmente ha sido víctima de esos abusones que son Buixadé y Abascal.

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El correctivo que se llevó Vox en las últimas elecciones generales, al pasar de 52 diputados a 33 y perder casi 700.000 votos (que ganó el PP, no hay mucho secreto), así como la anulación de las posibilidades de formación de un gobierno ultranacionalista entre PP y Vox, han llevado a una especie de relajamiento de ciertas opiniones sobre la ultraderecha española, su poder de penetración y su peligrosidad social y política. Volveremos a repetirlo: Vox, y el PP ultraderechista que se ha ido consolidando desde la mayoría absoluta de Aznar (2000 - 2004), no son ningún espantajo del PSOE, ni del espacio-a-la-izquierda-del-PSOE. Son un peligro real, multiplicado por el hecho de que se ha generado bajo el amparo (y con todos los medios al alcance) del que debería ser el partido de centroderecha liberal del sistema político español. Vox no es más que un subproducto del PP, y eso es lo que les permite entenderse y formar gobiernos con la facilidad con la que lo hacen. Si alguien todavía duda, puede repasar el artículo de Aleix Moldes, en este diario, sobre los ataques contra la lengua catalana de tres acuerdos de gobierno entre PP y Vox en Baleares, País Valenciano y Aragón.

Son gente que, para sentir que son algo, necesitan tener enemigos, y estos enemigos, para ellos, somos todos los demás. Sus trifulcas internas no deberían distraernos ni tienen ningún interés: se trata de neofascistas peleándose con neofascistas. Esta vez no han terminado de triunfar como esperaban, pero lo que no han hecho tampoco es bajar los brazos.