Lo que no debemos saber que todos sabemos
El último libro del lingüista Steven Pinker, Cuando todos saben que todos lo saben..., publicado en castellano por Paidós, trata sobre el conocimiento común, el sistema cognitivo que nos permite ser conscientes de lo que los demás saben. Es decir, lo que sabemos que todos saben. Son el tipo de facultades de la mente que nos permiten situarnos en la vida de pareja, familiar, social y ciudadana. Sin una conciencia de lo que pensamos y lo que sabemos que piensan los demás es imposible compartir un espacio común, es imposible vivir con los demás. Es necesario establecer consensos tácitos, normas que seguimos antes incluso de que sean articuladas por ley. Por eso el conocimiento común se convierte en un vector esencial de la libertad de expresión, de cátedra y de pensamiento.
Pinker pone ejemplos de formas de impedir que todos sepamos que todos saben algo. El gobierno chino, por ejemplo, no persigue y censura las críticas contra el régimen sino cualquier indicio, por pequeño que sea, que indique el nacimiento de alguna toma de conciencia sobre el malestar de sus ciudadanos de que pueda ponerse en común con otros. Censura, por lo visto, incluso quienes denuncian a los disidentes, por lo que no hay rastro alguno. Citando a la politóloga Erica Chenoweth, describe cómo en la segunda mitad del siglo XX muchos regímenes dictatoriales cayeron gracias a la coordinación de los oprimidos mediante protestas pacíficas como nunca había ocurrido en la historia de la humanidad, al tiempo que señala cómo, a partir del cambio del milenio, el éxito de estas movilizaciones sin violencia va decreciendo. La razón sería, según Chenoweth, que los autócratas se han vuelto más astutos a la hora de desmontar las protestas civiles, a menudo utilizando la tecnología. El ejemplo más relevante lo tenemos en China, donde los censores actúan antes incluso de que se pueda producir o articular protesta alguna, por pequeña que sea.
Pero esta inercia no es sólo propia de regímenes totalitarios como el asiático. No somos pocos quienes hemos vivido en propia piel una deriva cada vez más presente en el debate público que actúa y hace actuar a la opinión pública en contra de la libertad de aquellos a quienes se considera fuera de la norma moral imperante. En Occidente no está bien visto perseguir a alguien sobre la base de los valores morales antiguos, en cambio no es extraño el ensañamiento contra quien sostiene un parecer que va en contra de la nueva moral que se quiere imponer y que a menudo pretende establecer nuevos tabúes. Un ejemplo reciente es el de las polémicas en torno al tema trans, que han traído tanta cola en los últimos años. Desde una sensibilidad progresista de defensa de las personas con una identidad encuadrada dentro del término trans (aunque ni la ley aprobada por el gobierno español se preocupa de definir su significado) se ha querido construir un nuevo marco mental según el cual el sexo biológico es del todo irrelevante o no existe. Hoy el simple hecho de afirmar que hombres y mujeres somos diferentes se considera una herejía contra la nueva religión del género como construcción e identidad, y una ofensa a cualquier referencia a esta realidad material (de ahí que se vaya estableciendo un neolenguaje en el que se habla de "progenitores gestantes" o "progenitores inseminantes" y en muchas webs médicas ya no hay). En el caso del pañuelo, el burka y todo el sistema de opresión de las mujeres musulmanas, hace décadas que los islamistas dedican todos sus esfuerzos a que en Occidente no sepamos lo que todos saben en los países de mayoría islámica: que las mujeres son discriminadas por su sexo de acuerdo con un mandato divino, y que si pudieran dadas. Por eso es tan revolucionario el simple hecho de nombrar lo que nos pasa y romper el silencio que nos aísla: sólo la palabra común puede resquebrajar el orden establecido.