No menospreciemos a Puigdemont
1. Pedro Sánchez llegó a la Moncloa por una moción de censura a Mariano Rajoy que, a última hora, decantó el PDECAT de Carles Puigdemont. Ahora Pedro Sánchez ha dimitido antes de tiempo porque Junts le tumbó los dos decretos de vivienda y le ha dejado contra las cuerdas en el Congreso. En el primer caso, Puigdemont estaba inicialmente por la abstención. No veía con buenos ojos dar la presidencia a Sánchez, a cambio de nada, cuando el PSOE también se había cebado en contra del Procés. Con una abstención del PDECAT, Rajoy se salvaba, y los populares confiaban en que así sería. Guardándose la decisión hasta el final, con este trapicheo táctico que tanto dominan los herederos de Convergència, en el último instante sus ocho diputados votaron a favor de la moción y hubo el relevo de gobierno más rápido de la historia de España. Salió Rajoy, entró Sánchez y hasta hoy.
2. El exilio ha sido muy largo, pero la memoria es muy corta y quizás no hemos valorado lo suficiente cómo, desde Waterloo, el presidente de la Generalitat apartado del cargo por un 155 que todavía le escuece ha sacudido el tablero de la política española hasta provocar dos terremotos. Ha hecho caer, consecutivamente, a un presidente del Partido Popular en 2018 y a otro presidente del PSOE en 2026. Poca broma, pues, con Puigdemont, que ha hecho todo esto a distancia. Un hombre que, entre una cosa y otra, en agosto de 2024 vino a asomar la nariz a Barcelona, se burló de la policía, se rio de la orden de detención del juez Llarena y le quitó el protagonismo a Salvador Illa el día de su investidura como presidente. Aquella aparición fugaz, tan criticada como aplaudida, no fue un número de escapismo que deba quedar, tan solo, como una nota a pie de página. Denota la necesidad de Puigdemont de marcar la agenda.
3. Toda esta estrategia en clave española, en cambio, no le ha servido para Cataluña. En nueve años en el exilio, se le ha desmoronado el partido. Muchas cosas se deben haber hecho mal para pasar de ser la primera fuerza en el Parlament y llegar a formar parte de un gobierno de coalición con Esquerra, a ver cómo, según las encuestas más recientes, sería ahora la quinta fuerza en el hemiciclo, superados incluso por Vox y con la mitad de escaños de Aliança Catalana, un partido que ha nacido y crecido mientras él estaba en Waterloo. Finalmente, con la aplicación de la amnistía, y pasadas las elecciones españolas, todo indica que Puigdemont volverá a Cataluña. De la puesta en escena, más o menos mesiánica, se podrán sacar conclusiones y vislumbrar consecuencias. De lo que pase con el apoyo popular, también. Pero quizá nos equivocaríamos todos si pensamos que Puigdemont querrá tener una vida tranquila y de perfil político bajo. Ya ha avisado de que vuelve para servir al país. Tocará esperar para saber desde qué ámbito y, un detalle nada menor, si el país lo quiere.
4. Mientras tanto, cuesta de tragar que Ada Colau diga, en el Cafè d’idees de La 2 Cat, que “Puigdemont tendrá problemas para caminar por Cataluña”. Quizá solo es un diagnóstico, pero parece un deseo y, lo que es peor, suena a amenaza. Señalar a quien no vota lo mismo que tú y ponerlo en la diana de una persecución es un café con muy mala idea. Y poco democrática.
5. Todavía en el terreno de los vaticinios, José María Aznar ha dicho esta semana en Sevilla, en las jornadas "1936: La Guerra que perdimos todos", que si Pedro Sánchez volviera a formar gobierno “la monarquía que hemos conocido se acabaría y habría una república”. ¿Dónde tenemos que firmar? Que Aznar no nos dé ideas, que, si este es el premio, acabará votando a Pedro Sánchez un montón de gente que no le ha votado nunca. Por cierto, en las Españas organizan unas jornadas y conferencias muy extrañas. Diría que, la guerra, unos la perdimos mucho más que los otros. Y todavía lo estamos pagando.