No quiero ser heroína
Soy maestra. Llevo muchos años trabajando en la escuela pública y, a lo largo de mi trayectoria profesional, he pasado por diferentes centros, equipos y proyectos educativos. Escribo desde mi experiencia personal, sabiendo que no todas las realidades son iguales, pero con la necesidad de poner palabras a una vivencia que se ha repetido con demasiada frecuencia a lo largo de los años.
Durante mi vida laboral he participado en proyectos aparentemente muy bien pensados: documentos impecables, discursos inclusivos, buenas intenciones, terminología moderna y objetivos compartidos. Proyectos que, sobre el papel, prometen acompañamiento, trabajo en equipo y soporte real. Pero demasiado a menudo, cuando llega el momento clave, el apoyo no está. O está de forma puntual o simbólica. Y el peso real del día a día acaba recayendo, de nuevo, en la misma persona.
Cuando esto ocurre, se hace evidente la falta de profesionalización del sistema: serían necesarios roles claros, soportes estables y equipos que compartan realmente la responsabilidad. Cuando estos elementos no están, la responsabilidad recae siempre en las mismas personas, y esto desgasta emocional y físicamente.
He vivido esta situación en diferentes momentos y contextos, y siempre con el mismo trasfondo: la idea de que la vocación puede suplirlo todo. Que si quieres tu trabajo, aguantarás. Que si eres fuerte, resolutiva y comprometida, ya saldrás adelante. Y así, sin decirlo abiertamente, se confunde la vocación con la disponibilidad ilimitada, quedando diluida la profesionalidad.
Es aquí donde el sistema se convierte en perverso. La vocación, que debería ser un valor, es una excusa. Se pide implicación emocional allí donde se necesitaría estructura, empatía allí donde se necesitaría organización y resistencia donde se debería corresponsabilidad. La palabra vocación se vacía de sentido y acaba sustituyendo lo que el sistema debería garantizar: condiciones, recursos y soporte real.
Además, en muchas ocasiones, dentro de las dinámicas escolares se prioriza que todo funcione por apariencias: que los niños estén contentos, que las familias no tengan problemas y que el día a día parezca normal. Pero el hecho de que no haya ruido no significa que todo funcione bien. A menudo quiere decir que alguien está asumiendo más de lo que le corresponde, poniendo el cuerpo, la energía y el equilibrio emocional para que no se note que chirría el sistema. Cuando un proyecto funciona sólo gracias al exceso de implicación de algunas profesionales, el problema no es individual, es estructural.
No escribo esto desde la queja ni desde el desencanto gratuito. Escribo desde la lucidez que da la experiencia. Poner palabras a lo que no funciona también es una forma de cuidar a los niños, ya que cuidar a los niños pasa, inevitablemente, por cuidar a las personas que los acompañan cada día. Una escuela que quiere inclusiva no puede descansar sobre el agotamiento silencioso de algunas personas.
Yo no quiero ser heroína. No quiero sostener con mi cuerpo lo que debería sostener un sistema pensado, cuidado y corresponsable. Quiero hacer bien mi trabajo, con rigor, con mirada inclusiva y con humanidad, pero sin tener que romperme por dentro para que parezca que todo va bien.