¿Una nueva banalidad del mal?
La Velada del Año VI, organizada por Ibai Llanos, es un gran evento de streamers y celebridades con un gran seguimiento entre los jóvenes. El acto, celebrado el pasado julio, consiste en combates de boxeo entre personalidades de internet, intercalados con actuaciones de cantantes conocidos, sobre todo de trap y reggaetón. 80.000 personas, sobre todo jóvenes, llenando el estadio de La Cartuja, en Sevilla, y millones siguiéndolo en directo desde todo el mundo castellanoparlante. Una puesta en escena grandiosa y rellena de relatos grandilocuentes, sentimentalismo y, evidentemente, guantazos a mansalva, todo ello para acabar reproduciendo valores ya conocidos: historias de superación personal representadas por streamers forrados de dinero que se entrenan durante meses para un combate del cual se llevan un buen pellizco. Todo aderezado por referencias cutres a romanos, mucha bandera española, relaciones románticas de los streamers propias del Disney de hace cuarenta años, cosificación del cuerpo de la mujer –trap malote acompañado de cruces cristianas– y muchos chicos con el mismo corte de pelo, bien cortito, evidentemente.
Dicen que los jóvenes se enfrentan a un presente incierto y que, ante esta situación, giran hacia valores tradicionales buscando seguridad. Pero el show de Ibai nos ayuda a ver que este supuesto giro no construye una alternativa social-conservadora, sino que los jóvenes abrazan un capitalismo darwinista que entiende la incertidumbre como una virtud, el individualismo como precepto y la tradición solo como otro espacio a explotar comercialmente. Unos valores y unos modelos de vida que generan precisamente inseguridad: la oda al esfuerzo individual, el culto a una competición permanente antisocial en la que nada está asegurado, la ansiedad de quien busca lo que es diferencial pero acaba comprando una estética de laboratorio, muy ligada al capitalismo de la inmediatez, convencional e incapaz de alcanzar la tan anhelada seguridad y sentido vital. Son jóvenes atrapados en un presente en el que la rebeldía queda disuelta en el escapismo hacia la hipérbole dopamínica disfrazada de falsa trascendencia, perfectamente representada en el show de Ibai Llanos.
Demos un salto. Semanas después de La Velada del Año VI, el 6 de septiembre Ulrich Siegmund, de Alternativa para Alemania (AfD) y de 35 años, ganó las elecciones en el land de Sajonia-Anhalt rozando un 44% del voto. Analistas de todas partes señalaron que su éxito se debía en parte al hecho de que es un tipo que hace cosas normales: beber cerveza, ir en moto y, especialmente, tener siempre tiempo para hacerse selfies con sus admiradores. Siegmund parece el paradigma de yerno perfecto: la vestimenta, los estudios empresariales, la sonrisa. Un feel-good populist, es decir, un tipo carismático y simpático que explota lo que es convencional y conocido. Sin embargo, Siegmund hace cosas como asistir, en noviembre de 2023 y cuando ya era líder del grupo parlamentario de la AfD, a una reunión secreta de supremacistas blancos, neonazis y otros influyentes individuos de extrema derecha en Potsdam en la que se discutió a fondo el concepto de remigración, un eufemismo para defender la limpieza étnica de los “no europeos” en Europa. Algunos de sus asesores de máxima confianza fueron en su juventud militantes de organizaciones neonazis.
Siegmund no es un radical escondido cínicamente tras una apariencia de buen hombre, sino un hombre corriente que defiende aquello que supuestamente ya es normal. Así que “el hombre más peligroso de Alemania”, como titulaba Der Spiegel, puede defender la limpieza étnica mientras se traga una salchicha de Turingia en el mercado de Navidad entre selfies, mientras charla con los suegros. El odio ya no aparece como una ruptura con la convencionalidad, sino que se integra en ella.
Y es aquí donde Siegmund y La Velada del Año dejan de ser fenómenos tan alejados. El acto de Ibai Llanos solidifica aquel sustrato darwinista, el del cuerpo, la competición, el dinero, el éxito individual, el gimnasio, la masculinidad de la camaradería entre guerreros pero a la vez el todos contra todos, la bandera y el consumo. Y favorece la sensación colectiva de inseguridad al promover una cultura individualista y competitiva. La extrema derecha no necesita introducir una nueva gramática. Tiene suficiente movilizando y marcando una dirección política a un estado de ánimo ya existente. Por lo tanto, lo que realmente es inquietante no es que la extrema derecha se haya vuelto convencional, sino que son la convencionalidad y los valores dominantes los que abrazan la extrema derecha, porque la necesitan para calmar una inseguridad que ellos mismos alimentan continuamente, y a la cual son incapaces de dar respuesta o solución.
Podríamos hablar, pues, de una nueva banalidad del mal, una que no va ligada, de momento, a burócratas grises que implementan programas genocidas sin inmutarse, sino a una sociedad tan llena de miedo y de incertidumbre que se abraza al odio para preservar el statu quo. En todo caso, sin un cambio cultural de fondo seguiremos atrapados en este presente continuo, hecho de shows dopamínicos y de identidades prefabricadas en las que se diluyen el potencial de la rebeldía política y la capacidad de imaginar el futuro.