Orbán, Orriols, Abascal

Orbán, el amigo de Trump y de Putin, faro de la extrema derecha europea, caballo de Troya en la Unión Europea, ha caído estrepitosamente en las urnas. Que tomen nota sus imitadores continentales y los que los blanquean y aspiran a pactar con él. Aquí los imitadores se llaman Orriols y Abascal. Quizás la gente empieza a estar harta de los discursos de odio, división y confrontación. De la algarabía sin esperanza, enrabietada y fatalista. Del "todo es una mierda". De los que en lugar de proponer soluciones viables a los gravísimos problemas estructurales buscan cada día enemigos bajo las piedras, los magnifican, los alimentan. De los que engordan el caos, como hace Trump.

Trump es en buena parte el culpable de la derrota de Orbán. Los europeos que se habían dejado llevar por los cantos de sirena de la ultraderecha autoritaria trumpista, iliberal –es decir, destructora de la democracia liberal– y antieuropea –contra la UE de los derechos sociales– empiezan a abrir los ojos. Incluida Meloni. Con la huida hacia adelante en Oriente Medio, cada vez son más los que se les cae la venda de los ojos: el rey empieza a ir desnudo. El Papa León está ayudando.

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El miedo está cambiando de bando. Lo que ahora nos da miedo es tanta guerra, tanta retórica violenta e inhumana, tanta brutalidad, tanto desprecio por los derechos y libertades básicos, tanta insensibilidad por la pobreza ajena. Los partidos y las políticas del odio –como las de Trump, Netanyahu, Orbán, Abascal, Orriols– hacen que desconfíes hasta de tu vecino y que tu vecino desconfíe de ti. Son artefactos de descohesión social, de quiebra cívica. Buscan burdamente que todos participemos en un choque cultural, social, económico. Excitan nuestra cara oscura, el mal rollo, la angustia. Encuentran gasolina en las malas noticias, cualquier chispa les sirve para crear un incendio: en lugar de correr a apagarlo, le dan aire en las redes sociales. Son pirómanos profesionales. Disfrutan encontrando culpables a los que imponer castigos. Se alimentan de un agudo espíritu punitivo. Fácilmente se apuntan a la caza de brujas como método: si llegaran al poder, ¿cuánto tardarían nuestros ultras en crear cuerpos al estilo del ICE de Trump?

Toda esta banda no siente curiosidad por aproximarse a otras culturas y realidades. Las diferencias les generan urticaria. Por eso reniegan de la idea de una Europa unida en la diversidad, una Europa de ciudadanos. Se enfurecen en la pureza esencial, sin matices, ahistórica. Ignoran que las identidades se hacen y se deshacen, evolucionan, como también cambiamos las personas a lo largo de la vida. Llevan la identidad hasta el absurdo y la convierten en arma arrojadiza. Hacen de ella una foto fija, una trinchera: tanto es así que llegan a convertir la identidad de acogida en odiosa para los recién llegados. Su visión de la cultura y la historia es una caricatura acientífica, tanto como cuando niegan el cambio climático o negaban la pandemia.

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Más allá de la seguridad policial, las políticas sectoriales solo les interesan para distorsionar la realidad de las ayudas sociales proclamando, a base de recortes, la defensa contra un supuesto ejército de aprovechados. ¿Educación? ¿Sanidad? ¿Vivienda? ¿Movilidad? ¿Energía? ¿Finanzas? ¿Cultura? ¿Medio ambiente? En todo practican la política del culpable único: los inmigrantes, sobre todo si son musulmanes. Con eso tienen suficiente y de sobra para explicar todos los males de aquí y del mundo. De su pequeño mundo limitado y victimizado.

Todo este lío ideológico y psicológico los conduce al odio y la ira como sentimientos de destrucción masiva. En sus manos, todos, absolutamente todos, acabaríamos corriendo peligro. Igual que ahora el mundo corre peligro en manos de Trump, Putin y Netanyahu. O que Hungría corría peligro en manos de Orbán. El atractivo de estos partidos es prometerte un chivo expiatorio en el que desahogarte proyectando tus fobias y frustraciones. Lo que no dicen es que su afán obsesivo provoca, como reacción, que el que se siente agredido también agreda. Odio contra odio. Un país gobernado por Alianza o Vox sería una caótica batalla campal. Estamos avisados. Los húngaros ya lo han entendido.