Hacer las paces con los jabalíes

En la primera batalla de la conocida como Guerra del Emú, en noviembre de 1932, el ejército australiano intentó eliminar la plaga de esta ave, casi tan grande como un avestruz, con ametralladoras. Estaba dañando las cosechas de cereales del país. Pero estas aves se dispersaron muy rápidamente y la operación fracasó. Pocos días después, dicen las crónicas, en una segunda campaña los soldados adoptaron tácticas más móviles y consiguieron abatir cientos de emúes, pero sin reducirles suficientemente la población. De hecho, la Guerra del Emú es recordada como una victoria simbólica del emblemático emú sobre el ejército australiano.

Y ahora, casi cien años después, ante el avance de la peste porcina africana (PPA) entre los jabalíes de Collserola y el riesgo de que la enfermedad llegue a las granjas de cerdos, hemos mantenido la misma táctica, bajo una nomenclatura más elegante: "objetivo densidad cero". Si esto va de batallas, no lo estamos planteando bien.

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Antes de la llegada de este brote de PPA, ya era evidente que teníamos un problema con la expansión del jabalí. Año tras año, su población no para de crecer, ya que este ungulado vive muy bien junto a sociedades industrializadas, donde el llamado progreso nos ha alejado de la naturaleza. La montaña, un espacio con el que nuestros abuelos sabían convivir muy bien –cuidándola y aprovechándola a la vez–, ha sufrido una transformación muy propicia para la vida de los jabalíes.

Y esto lo veo cuando, de vez en cuando, bajo al principio de la calle de Horta a desayunar a la Bodega Massana. Allí tienen colgadas fotografías antiguas del pueblo de Horta, de poco después de que fuera anexionado como barrio de Barcelona. Y se ve una Collserola completamente diferente de la actual. No todo es bosque, al contrario, todo son cultivos o bancales, y caminos rurales por donde los pastores llevaban los rebaños. La leña se aprovechaba y había quien se ganaba la vida haciendo carboneras. Un ecosistema de integración entre la actividad humana y la naturaleza en equilibrio.

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Ojalá que, con el paso de los años, volvamos a conocer esta gestión holística de las montañas. Recuperar un paisaje en mosaico, con cultivos, pastos y rebaños, no solo haría el territorio menos favorable a los grandes incendios forestales que hoy sufre el país. Si realmente nos preocupa el exceso de jabalíes y las enfermedades que se derivan de ellos, hay que tomar decisiones en esta línea, más razonables y efectivas que cargar escopetas. Y esto pasa por volver a disponer de un par de docenas de rebaños de cabras y ovejas pastando por Collserola. Es fácil entender que, con su presencia, se limpian los bosques y se dificulta mucho más la vida del jabalí, a quien le gusta el estado "impenetrable" actual. Me lo dice Carles Conejero, veterinario con alma de pastor: "Donde come un rebaño, ni come ni duerme el jabalí".

La presencia de rebaños no solo disminuye la presencia del jabalí, sino que, como corrobora un estudio reciente publicado en la revista Journal of Environmental Management, esta ganadería extensiva tradicional ayuda a frenar la circulación de patógenos. De hecho, es lógico: es lo mismo que pasa cuando analizamos la vulnerabilidad de un monocultivo y la facilidad con que una plaga puede avanzar en un paisaje uniforme. Volviendo al lenguaje más llano de Carles: "Cuanta más diversidad de especies hay dentro de un mismo ecosistema, menos prevalencia tienen las enfermedades".

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Esta investigación añade una última virtud a la propuesta para recuperar ecosistemas vivos y diversos, en lugar de centrarnos en una lucha obsesiva contra una sola especie. Utilizando marcadores de salud innovadores, como la enzima ADA, que indica el nivel de activación del sistema inmunitario, los investigadores han encontrado que los jabalíes que conviven con rebaños presentan menos inflamación y un mejor estado sanitario general, lo que rebaja los riesgos de transmisión de enfermedades en la interfaz entre fauna, ganado y humanos.

El problema no es que haya demasiados jabalíes, sino que hemos vaciado la montaña de cultivos, pastores y rebaños. No es una cuestión de nostalgia; es una inversión directa en la resiliencia de nuestro territorio, en la lucha contra el fuego devastador y en la seguridad sanitaria de todos.