Los pacifistas no ingenuos
El movimiento pacifista lleva años sin existir, ni en Catalunya, ni en España ni en Europa. Hay personas que lo son o que se llaman, pero cada una a su manera. Querer la paz, en abstracto o en genérico, es una actitud moral, no un programa político. Tiene que ver con valores, con la empatía hacia las personas que sufren violencias y con la voluntad de cambiar estructuras violentas. A partir de ahí, puede haber organizaciones que realizan un trabajo en esta dirección, haciendo investigación, denuncia y, algunas veces, propuestas. Hay un tipo de pacifistas no ingenuos, que normalmente ni siquiera se etiquetan como tal. Simplemente trabajan: participan o colaboran de alguna manera en negociaciones con grupos armados o en contextos de violencia política; hacen propuestas antes de que estalle una guerra; con criterios de inclusión, ayudan a los negociadores cuando se encuentran en momentos de crisis, estudian a fondo la situación y buscan alternativas; hacen comparecencias en las comisiones de defensa de los parlamentos con propuestas para desmilitarizar las políticas de defensa; hacen red con otras personas y grupos de estudio para realizar nuevos planteamientos que sirvan en el futuro, en el postconflicto; hablan con personas del "otro lado" para buscar puntos de consenso; dan conferencias a empresas de armamento que se encuentran en crisis haciendo propuestas para reconvertirlas en empresas para producir cosas de utilidad social y no para matar; miran a diario los discursos de los dirigentes más importantes del mundo, como Trump y Putin, por ejemplo, para ver cómo piensan, entender su cultura profunda y mirar si hacen alguna propuesta que se pueda aprovechar y mejorar; diseñan hojas de ruta para salir de un conflicto; hablan con los actores implicados, aunque tengan las manos llenas de sangre; se ensucian las botas pisando terreno fangoso; hacen análisis del discurso para ver si existen avances en el pensamiento de gente que cree en la violencia como medio; están alerta respecto a las ideologías que normalizan el discurso de la violencia; hacen contranarrativas a los discursos del miedo creados por quienes hacen negocio con la venta de armas; practican la diplomacia ciudadana o paralela (con gobiernos o instituciones), y, sobre todo, hacen y hacen propuestas, aunque nadie les escuche. Podría realizar una lista de cuatro páginas con cosas que se pueden hacer y se hacen.
Dicho esto, y por centrarme en el miedo que tienen muchas personas en Europa de tanto sentir que Rusia nos invadirá antes de cinco años —aunque no es capaz de avanzar en Ucrania desde hace dos—, quiero explicar dos cosas, para la reflexión. La primera es que el 4 de junio del 2000, el presidente Clinton acudió a Moscú para reunirse con el nuevo presidente ruso, Putin. Este maldito señor, ese día, le preguntó a Clinton si Rusia podría entrar en la OTAN, ya Clinton le gustó mucho la propuesta, pero al día siguiente le dijo que primero debía poner fin a la guerra de Chechenia. Al año siguiente, 2001, Putin le preguntó al secretario general de la OTAN, George Robertson, que cómo iba su demanda de entrar en la OTAN, y el secretario general le dijo que debía formalizarlo por escrito y que quizá se tardaría un tiempo. Lo que ocurrió después fue todo lo contrario de lo que quería Putin: siete países fronterizos o cercanos a Rusia entraron a formar parte de la OTAN. Fin de la historia que pudo cambiar el mundo. La segunda cosa que quiero recordar, porque nadie ha hablado de ello, es que el pasado 27 de noviembre, y ante los discursos que Rusia quería invadir Europa, Putin propuso reunir a todos los países europeos y formalizar, de la forma que creyesen oportuno, un pacto de no agresión, el compromiso de que nunca Rusia invadiría a ningún país europeo, así como hablar a país europeo. Los pacifistas no ingenuos conocen las trampas de Putin, pero le tomarían la palabra y organizarían ese encuentro entre todos los dirigentes europeos. Por probar, que no quede. El problema es que ni ahora ni antes, cuando podían haberse evitado varias guerras, nadie ha tenido el coraje de hacerlo. Nos faltan políticos pacifistas no ingenuos.