Un país donde el poder siempre comporta dinero
Hay distintas formas de hacerse rico. En España, una de ellas consiste en alcanzar el poder. Y ya está. En cuanto se manda, aparentemente, el dinero llega por sí solo.
No nos remontemos muy lejos en busca de ejemplos. El siglo XX, desde sus inicios, abunda en ellos. Alfonso XIII era rey desde que nació en 1886 (Alfonso XII había muerto cuando su esposa, María Cristina de Habsburgo, estaba embarazada), pero asumió la corona en 1902, al cumplir 16 años. España acababa de perder Cuba, imperaban el pesimismo y un movimiento llamado “regeneracionismo” (había que acabar con el caciquismo, la corrupción electoral, el mangoneo con fondos públicos, etcétera). Alfonso XIII prometió recuperar “la dignidad de España”.
De la “dignidad” perdida no se supo gran cosa. Pero Alfonso XIII fue acumulando durante su reinado una bonita fortuna. Aquel rey simpático y campechano fue accionista de la empresa promotora del Metro de Madrid, accionista encubierto de una compañía que fomentaba las carreras de galgos y, probablemente, accionista aún más encubierto (a través de testaferros) de empresas armamentistas y de minas en Marruecos.
Intelectuales como Miguel de Unamuno y Vicente Blasco Ibáñez afirmaron que el respaldo de la monarquía a los militares africanistas, en general bastante necios, y a las guerras coloniales en Marruecos, tan desastrosas como impopulares, se debía en último extremo a los intereses económicos del rey.
En esas aventuras, Alfonso XIII siempre contó con el apoyo entusiasta de Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, tres veces presidente del Consejo de Ministros, terrateniente multimillonario y uno de los principales accionistas de Minas del Rif.
Tras la caída de la monarquía en 1931, hubo una investigación que aclaró pocas cosas. Cualquier papel comprometedor había desaparecido. En cualquier caso, el patrimonio conocido de Alfonso XIII había pasado, durante su reinado, de ocho a 40 millones de pesetas.
La Segunda República, breve e inestable, no dio para hacer grandes negocios desde el poder. Sí dio oportunidades, inmensas, la dictadura que sucedió al golpe de Estado de 1936 y a la guerra civil española. El dictador Francisco Franco y su familia se hicieron con un patrimonio colosal (desde el Pazo de Meirás hasta la colección de joyas de Carmen Polo) sin más esfuerzo que el de aceptar “regalos”. De Franco hacia abajo imperó una corrupción sistémica.
Tras la muerte del dictador y la coronación de Juan Carlos I, tan campechano como su abuelo Alfonso, comenzó la llamada Transición, un proceso por el cual el poder de la dictadura franquista aceptaba la creación de estructuras democráticas a cambio de garantías sobre el mantenimiento de sus privilegios.
En esos momentos había que improvisarlo todo. Y todo se aceptaba si la finalidad parecía buena. Juan Carlos I conseguía dinero del sha de Persia para financiar la UCD y empezaba a cobrar comisiones del petróleo saudí. El PSOE recibía financiación irregular desde Alemania. El hilo conductor de la corrupción relacionada con el poder no se cortó en ningún momento.
Del actual Emérito y su afición al dinero ya sabemos bastante. Establecido un sistema de democracia parlamentaria, los partidos (desde el Popular al Socialista pasando por Convergència) han sido pillados más de una vez con las manos en la masa.
Y, como decíamos, ha seguido demostrándose que en cuanto se manda, el dinero llega por sí solo. Felipe González era abogado laboralista en 1982, cuando asumió la presidencia del Gobierno. Hoy, tras su paso como consejero por Gas Natural Fenosa (hoy Naturgy) y por Boluda Towage (parte del imperio naviero de Vicente Boluda), y su boda con Mar García Vaquero (a quien Forbes atribuye un patrimonio cercano a los 400 millones de euros), vive entre el madrileño barrio de Salamanca y su finca de Cáceres.
(Como nota breve, José Bono, ex presidente de Castilla-La Mancha y ex ministro socialista, también ha acumulado una notable fortuna con inversiones financieras e inmobiliarias en España, Marruecos y República Dominicana. Como nota aún más breve, Felipe González tiene un pasaporte dominicano).
En cuanto a José María Aznar, las cosas le van muy bien. Cuando alcanzó la Moncloa, en 1996, era inspector de Finanzas en excedencia. Ahora es consejero de News Corporation y asesor personal de Rupert Murdoch, el magnate de la prensa que impulsó la carrera política de Donald Trump. También asesora a bufetes de abogados y a Barrick Gold Corporation, sociedad dedicada a las minas de oro. Posee un chalé de lujo en Pozuelo de Alarcón y otro en Marbella.
Mariano Rajoy no parece haberse dedicado, como sus antecesores, a acumular consejos de administración: ha vuelto a su antiguo trabajo como registrador de la propiedad. De José Luis Rodríguez Zapatero sabremos más (bueno, malo o muy malo) en los próximos días.