El pantalón del criminal

Leemos en el AHORA que se ha detenido a un hombre en Madrid que retransmitía en directo las agresiones sexuales a su hija menor de edad. Lo hacía, se ve, en salas privadas de aplicaciones para ver imágenes en directo y captaba a los clientes con fotos de la niña en una cama. Cobraba con monedas virtuales canjeables por regalos. Es decir que, pongamos por caso, después de una violación quizás ya tenía un vale para un móvil o una camiseta. En la foto, le vemos de espaldas, detenido, entre dos policías que lo cogen, uno por cada brazo.

De la foto, lo que más destaca son los pantalones del hombre, comparados con los de los otros dos –tejanos convencionales, que no llaman la atención–. Los de él son ajustados, y mucho, del tobillo. Seguro que le han costado poner. Son vaqueros de color claro, de una marca reconocible, de esos que hacen, como diría mi abuela, "culo cagado". Tienes ganas de cogerlos por la trincha y subirlos.

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De un criminal, estos pequeños detalles de vestuario conmueven mucho. Así, esa bestia que sometía a la hija a cambio de regalitos elegía el pantalón que le gustaba llevar. Es presumido o, al menos, tiene un sentido propio y personal de lo que es la estética. No son un pantalón de los que vienen a decir de ti "No me importa la ropa que me ponga" o "Me los compro de dos en dos en el mercado". La coquetería –vestirse eligiendo es una forma de coquetería– en lo malo es siempre perturbadora. Y más esa coquetería tan adocenada, que consiste en llevar los pantalones de culo cagado, como un joven falso. No le vemos la cara ni la olfateamos, pero quién sabe si se afeita con cuidado y se perfuma con colonias caras para sentirse bien en los vídeos. Quién sabe si ese pantalón los dejaba en una silla y enseñaba, también, unos calzoncillos fantásticos, antes de reventar a la hija ante las cámaras.