El Papa a quien le gusta pensar

“El menoscabo de la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales son «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo que es verdadero y lo que es falso (es decir, las normas del pensamiento)»”. Esta cita es de la primera encíclica del papa León XIV, que parece sentirse a gusto entrando de lleno a denunciar la batalla por la hegemonía ideológica de unos poderes que se creen omnipotentes y persiguen la deshumanización. No sé si se ha de entender como interés personal, como inquietud intelectual o como sensación de que la Iglesia católica está fuera de los tiempos que corren con riesgo de descarrilar. En todo caso, León XIV tiene una manera de hablar más libre que la de sus antecesores –siempre celosos en la defensa de su doctrina– que le permite intervenir con naturalidad en los debates públicos e incluso abrir caminos, antes de que el inmenso techo de la inteligencia artificial se imponga sobre el mundo y despliegue la tecnología para imponer una forma de dominio de lo humano. Y lo hace sin rehuir señalamientos contra los nuevos grandes poderes del mundo: una élite que “corre el riesgo de conducirnos hacia nuevas atrocidades”. Es decir, hacia el desbordamiento de la condición humana para someterla a niveles asfixiantes de sumisión y de claudicación.

León XIV apunta directamente al tecnofascismo que pretende someter al hombre a través del marco tecnológico en construcción: señalando la IA como sospechosa, porque su capacidad de desbordar a los humanos con una combinatoria infinita de datos parece ir directamente contra la compleja singularidad de una especie que está dotada de inteligencia, sensibilidad y deseo, tres capacidades que tradicionalmente han explotado las instituciones –las religiones entre ellas– para imponer sus manías. Una especie que habita sobre una realidad fundamental: no hay dos personas iguales, y esta diferencia hace que el poder sea una estructura esencial de cualquier relación. La IA genera dudas sobre la posibilidad de mantener la singularidad humana, con el riesgo de imponer una nueva –y más sofisticada– versión del totalitarismo, fruto de la época de la eclosión digital. No es ninguna rareza: la tecnología ha marcado los cambios de la humanidad. Y, por lo tanto, hay que estar al acecho.

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León XIV se ha puesto al frente de un debate crucial. Se está haciendo escuchar y asume el protagonismo en un momento en que las ideologías políticas convencionales van justas de recursos, entre otras cosas porque no están entrenadas para pensar y decidir libremente, como requiere la circunstancia. Ciertamente, muchos querrán ver oportunismo en las amonestaciones de León XIV, que no ha dudado en señalar las atrocidades de Trump. A determinados poderes les incomoda que un papa se fije en la gran cuestión del momento: que un proyecto tecnológico que tiene unos dueños muy concretos pueda pretender imponer formas de dominación universal. Que, dicho sea de paso, pueden llegar incluso en concurrencia con la cultura religiosa que se desarrolla a partir de una verdad atribuida a unos seres superiores que quedan completamente fuera del alcance de los humanos, por más que se mantengan vigentes fabulaciones como el hijo de Dios y otras historias que han alimentado el paso de la humanidad sobre la Tierra.

¿Qué es lo que hace que León XIV reaccione? ¿El miedo a que la IA pueda acabar siendo una amenaza para las fábulas de demostración imposible de las que viven las creencias religiosas? ¿Qué está defendiendo el Papa: las religiones o la singular precariedad de la condición humana cíclicamente amenazada por los desficits autoritarios? En todo caso, vale como advertencia: toda tecnología depende del uso que se haga de ella; un cuchillo puede servir para cortar el pan o para matar al vecino. Y la IA es un instrumento de potencialidad desbordante que puede contribuir al conocimiento, pero que puede abrir una nueva, y extremadamente sofisticada, forma de opresión y de sumisión de los humanos. Que un papa sienta la responsabilidad de emitir una solemne advertencia merece reconocimiento, cuando tantas veces hemos visto –y en España, a menudo– a la Iglesia católica al servicio de la opresión.