Papamóvil avanzando por la izquierda
El jueves pasado participé en un acto académico centrado en el análisis de la encíclica Magnifica humanitas, de León XIV. Es un documento que, a diferencia de lo que explican algunos resúmenes, va más allá, muchísimo más allá, de consideraciones referidas a la inteligencia artificial generativa (IAG). Esta cuestión está bien presente, sin duda, pero el texto se hace eco de otras cosas que resultaría caricaturesco compendiar aquí. Destacaré un aspecto que tiene poco que ver con el de la IAG pero que en las circunstancias actuales me parece importante. Magnifica humanitas proyecta una cosmovisión que desmonta las etiquetas políticas habituales, y por eso puede desconcertar a personas que antes desconfiaban de cualquier cosa asociable, ni que fuera de manera tangencial o incluso remota, al catolicismo. Desarrolla una antropología de la dignidad humana que se enfrenta abiertamente a los discursos de los partidos de extrema derecha cuando reivindican el cristianismo como marca identitaria de exclusión. Al abordar los flujos migratorios desde una lógica de vulnerabilidad compartida, y no de la defensa de fronteras administrativas, León XIV deja fuera de juego este discurso (punto 81). Deslegitima el uso partidista de la fe y recupera la idea de una Iglesia que habla desde un lugar propio, no subordinado a ningún proyecto político concreto. Para sectores progresistas o liberales que habían percibido en la Iglesia un actor sumiso del orden establecido, esta ruptura puede suscitar, como mínimo, curiosidad. La crítica tácita a determinadas políticas de los Estados Unidos (puntos 63 y 64) refuerza la percepción que comentamos. Cuando la encíclica cuestiona medidas migratorias y económicas norteamericanas, lo hace desde la teología y en clave ética, pero el efecto es el de una institución que recupera una soberanía moral capaz de interpelar a los nuevos emperadores. La Iglesia se manifiesta como un actor que no juega –ni puede jugar– en medio del tablero geopolítico mundial, pero que lo puede cuestionar desde otro registro. Esto tampoco es nuevo, a pesar de que en las actuales circunstancias tiene una importancia capital. Lejos del catolicismo de orden y de matriz identitaria que algunos grupos políticos de la extrema derecha reivindican, León XIV habla de tecnología, migraciones y desigualdades con una mirada que asume la fragilidad como condición humana compartida, universal. El discurso conecta con sensibilidades contemporáneas –ecología, derechos humanos, crítica del tecnocapitalismo (puntos 107 y 156)– pero evita el tono apocalíptico y ultraideologizado de ciertos registros actuales. De hecho, no hace nada más que adaptar la doctrina social de la Iglesia a los tiempos inciertos de la IAG, así como reivindicar un humanismo cristiano que es incompatible con la depredación económica, el individualismo extremo y el menosprecio por la dignidad intrínseca de la persona en forma de nuevas esclavitudes, asociadas a menudo a las tecnologías emergentes.
A mi entender, la atracción que puede generar Magnifica humanitas no se traducirá en un aumento de la práctica religiosa; esto ya lo intenté argumentar hace poco en otro artículo. En todo caso, las personas se acercan a una tradición espiritual cuando perciben en ella al menos coherencia moral y también una mínima capacidad de interpelar al mundo con un discurso articulado y serio. En este sentido, la encíclica puede contribuir a desactivar (algunos) prejuicios, a abrir o reabrir espacios de diálogo y a hacer posible que ciertos sectores maticen (ni siquiera digo "reconsideren") su percepción sobre la Iglesia. El impacto de Magnifica humanitas, pues, será sin duda más atmosférico que doctrinal: no cambiará nada a corto plazo, pero sí alterará determinados clichés. Más allá de su enfrentamiento con Donald Trump, León XIV emerge como una figura que incomoda a bloques políticos mainstream y que, precisamente por eso, puede resultar sugerente a personas que nunca se habrían acercado. Más allá de esto, sin embargo, no soy capaz de olfatear ningún cambio inmediato en el ecosistema mental europeo. En Estados Unidos, en cambio, la cosa puede suponer un giro importante (esto daría para otro artículo). En efecto, Magnifica humanitas puede acabar dibujando con mucha claridad la brecha entre católicos y evangélicos trumpistas, subrayando puntos de fricción que ya existían pero que ahora quedan teológicamente argumentados. De hecho, para sectores muy amplios del Partido Republicano el discurso de León XIV puede ser percibido como una rotunda enmienda a la totalidad de su proyecto, que no es del todo político sino religioso en un sentido tenebrosamente premoderno, melancólico y enervado –el peor de todos.