El extraordinario eco mundial del último disco de Rosalía, el éxito de la película Los domingos, el seguimiento mediático del relevo papal y el sesgo más o menos "espiritual" (las comillas son aquí importantes) de ciertas series con mucha audiencia han hecho que en determinados círculos se haya empleado la expresión "primavera católica". Al caso concreto de Rosalía ya me referí hace unos meses, porque me pareció, como mínimo, significativo. Que se trate de un genuino producto de marketing, aunque de alta calidad estética y musical, no desacredita el interés real que ha suscitado entre muchos jóvenes (y no tan jóvenes). ¿Cómo se ha de interpretar, todo esto? Los datos del CIS muestran que no hay ningún aumento de la práctica del catolicismo en España en los últimos años, sino una disminución lenta y sostenida. Según los barómetros del CIS, el porcentaje de población que se declara católica —practicante o no— ha pasado de alrededor del 60% en el año 2020 al 55,4% en abril de 2025, con una caída especialmente marcada entre los católicos no practicantes. Paralelamente, los grupos de agnósticos, indiferentes y ateos continúan creciendo hasta situarse conjuntamente cerca del 40% de la población. El CIS no detecta, pues, ninguna "primavera", es decir, ningún repunte generalizado; de hecho, la tendencia dominante es la secularización progresiva. El catolicismo continúa siendo mayoritario en el estado español, sí, pero no ha experimentado ningún crecimiento real, si más no durante el periodo 2020-2025. Todo junto, sin embargo, no acaba de cuadrar con los referentes que hemos expuesto al principio. ¿Qué está pasando, pues?No hay ninguna revitalización estructural, ni de vocaciones, ni de participación litúrgica, ni de la proporción global de católicos, pero sí microtendencias que nadie esperaba y que sugieren determinados cambios de actitud. ¿Podrían ser síntomas de un cambio cultural minoritario pero significativo? Ya lo veremos. Lo que estamos presenciando no es un estallido repentino de fervor espiritual, sino más bien el agotamiento progresivo de un modelo vital que, durante décadas, ha presentado el consumo y la autosuficiencia ultraindividualista, sin ataduras ni compromisos, como caminos inmediatos hacia la felicidad. Este relato, que arraigó con fuerza a partir de la segunda mitad del siglo XX, ha ido mostrando sus fisuras a medida que las generaciones más jóvenes han experimentado en primera persona las consecuencias de una vida fragmentada, acelerada y a menudo carente de sentido, que reclama más y más estímulos (en general, pagando).
La promesa implícita que nos aseguraba que, una vez liberados de tradiciones y referentes trascendentes, seríamos más felices ha sido un gran fiasco. Muchos jóvenes han crecido en medio de una paradoja deprimente: nunca antes habían tenido tantas opciones, y a la vez nunca han experimentado tanta incerteza, soledad y, sobre todo, fragilidad emocional. La precariedad laboral, la presión por construir una (pseudo)identidad exhibible o la sensación de que todo es provisional, entre otras cosas, han ido erosionando la confianza en aquel modelo que prometía una emancipación que —ay— se ha transformado en una nueva alienación. La vida necesita raíces, comunidad y sentido. Tienen toda la razón los agnósticos o los ateos que afirman que estas tres cosas también resultan plausibles al margen de la religión.En cualquier caso, la atracción hacia temas "espirituales" (subrayo de nuevo las comillas dubitativas) existe. No se trata de un retorno nostálgico a la religiosidad tradicional, sino de una reacción ante la constatación de que el individualismo radical y el consumismo compulsivo no han sabido responder a las preguntas fundamentales de la existencia. Cuando el presente se convierte en una especie de ilusión inconsistente y el futuro se hace demasiado incierto, la búsqueda de un marco estable no es ninguna excentricidad.Todo esto no implica forzosamente un futuro religioso más intenso, pero sí un cambio de sensibilidad. La cultura del "tú puedes con todo", del "visualiza lo que quieres y lo conseguirás" y otras tonterías por el estilo ha dejado paso a una conciencia de vulnerabilidad, sobre todo a partir del sacudimiento mental que supuso la pandemia de la covid entre los más jóvenes. La trascendencia, antes considerada un residuo molesto del pasado, se convierte para algunos en una posibilidad —y digo "posibilidad", no "respuesta"— para dar profundidad a una vida que corre el riesgo de quedar atrapada en la superficie fría de la pantallita del móvil. No, no hay ninguna primavera católica. Tampoco ningún invierno. El paisaje de fondo es borroso, desdibujado, pero las personas seguimos siendo lo que éramos, no sé si por suerte o por desgracia.