Pasamos página de la reconciliación

Yo también pienso, como el ministro Puente, que Carles Puigdemont debería hacer las maletas y plantarse en Barcelona, y hacerse encarcelar si hace falta, para demostrar que la justicia española es un ente político al servicio del españolismo, y que le da igual contradecir al TJUE, como antes ya ha enmendado la plana a la soberanía popular representada en el Parlament. Pero no lo haré, porque aunque esté convencido de que un gesto como este sería bueno para el país, y malo para la reputación internacional de España, no me veo con fuerzas para pedir sacrificios a una persona que lleva nueve años obligada a vivir lejos de su tierra.Además de Puigdemont y otros líderes, hay decenas de cargos políticos y altos funcionarios que aún tienen su futuro comprometido, porque están pendientes, dos años después, de la aplicación de la amnistía que los partidos independentistas consiguieron imponer al PSOE a cambio de la investidura de Pedro Sánchez. Dos años de falsa reconciliación, de un reencuentro forzado que se sustenta en el chantaje. Esta normalidad tramposa ha atenazado la libertad de acción de dos partidos que pagaron muy caras las vacilaciones del 2017 y que han fracasado en todos los intentos de retomar la iniciativa. Cada uno ha fracasado a su manera, con sus propios espejismos; Junts, con la trampa mística de Waterloo, y ERC, con la trampa prosaica de los acuerdos parciales que la realidad, modelada en Madrid, convierte en inaplicables. Y además está el fracaso conjunto de la rivalidad y la desunión, que ha hecho que se esfumase la opción de plantear a un PSOE débil un auténtico pulso que nos permitiera decir que el Procés no fue totalmente en vano.La sentencia del TJUE es una derrota reputacional para España y sus jueces, pero para Cataluña solo es una victoria táctica que tiene una incidencia limitada. En resumen, todos pierden, pero al menos podemos decir que estamos más cerca de cerrar un capítulo –no el del Procés, sino el de la falsa reconciliación– y abrir otro: el del nuevo proyecto de país, que se presente sin mochilas, con ideas y caras nuevas. Todo es más difícil que hace dos décadas, pero los que estábamos allí estamos (detrás, pero estamos), y los problemas y las amenazas que nos hicieron salir a la calle, por desgracia, continúan acechándonos, aún más graves y dolorosos. Es necesario que una nueva generación dibuje el futuro, sin humillar a los que no salieron adelante, pero sin dejarse encasillar por su legado.Mientras tanto, con el catalanismo desterrado de las calles, la España futbolera ha tomado la ofensiva, porque sabe lo que se juega, porque no tiene ninguna otra llave candente con la que sostener su identidad y porque en nuestro país hay suficientes bobos para tragarse el placebo del Mundial y olvidarse de la cuestión de fondo, que es a quién favorece, realmente, esta monstruosa operación de marketing estatal, a quién está salvando los muebles, tal como el campeonato de 1978 salvó el culo del dictador Videla.Espero, ya que hablamos de ello, que después de la asfixiante experiencia de este Mundial de fútbol no sea necesario volver a insistir a nuestros políticos sobre el hecho de que la batalla simbólica para Cataluña es tan importante como la batalla de la soberanía o la de los impuestos. Está demostrado que el capital simbólico, en entidades plurales, se puede dividir tal como se dividen las competencias y los recursos. El hecho de que España se reserve la exclusiva, para hacer de ella una herramienta de uniformización y adoctrinamiento a través del deporte de masas, desmiente la pluralidad del Estado y es un lujo que no nos podemos permitir. Que Cataluña y Euskadi participaran en los campeonatos de alcance europeo sería un primer paso para corregir esta operación, tan bien trabada, de asimilación nacional a través del ocio (o el opio) del pueblo.