Un perfil borroso, una incorporación imposible
¿Integrarse? ¿Incorporarse a dónde? ¿Disolverse con quién? Estas son las grandes preguntas previas que habría que responder sobre los actuales desafíos migratorios. Unas cuestiones que nos hacen poner la mirada en un punto anterior al del mismo crecimiento demográfico. Me refiero al hecho de poder saber qué perfil, qué núcleo, qué espacio de identificación ofrece actualmente Cataluña, y los Países Catalanes, a una persona que emigra allí. ¿Puede saber dónde ha llegado este migrante si una buena parte de los mismos autóctonos no conocen las coordenadas básicas del país donde hace años que vive o incluso ha nacido?
Antes de seguir con el razonamiento, sin embargo, hay que hacer unas precisiones. Primera, que el término integración sugiere un unidireccional proceso de acomodación de quien llega a quien ya está. Quizás incorporación es una imagen que indica mejor el proceso de adaptación recíproca de unos y otros. E incluso disolución es un término metafórico que explica lo que realmente pasa en una relación entre diversos, es decir, una acomodación recíproca. Tal como el terrón de azúcar no se puede disolver en el café sin que el café se endulce. En cualquier caso, no puede haber un debate sobre cómo se acoge al extranjero sin habernos preguntado antes quién es este sujeto acogedor y cuál es su capacidad para incorporar sin desaparecer.
Una segunda precisión tiene que ver con la necesidad de conocer las circunstancias que han hecho de nuestro país uno de los principales receptores de inmigración en Europa en los últimos veinte años, si no el que más. El Informe Fénix apunta a causas económicas serias, por no decir graves. Y no hablo solo de los balances finales de crecimiento, sino también de todas las llegadas y salidas, particularmente en el ámbito municipal. Y esto sin entrar en qué grado de ajuste hay entre los registros formales y la realidad fáctica no oficializada. Echo de menos mucha información sobre estos tránsitos y sus causas; sobre las percepciones subjetivas a las que va asociada tanta movilidad; sobre las expectativas que tiene el forastero respecto al lugar de llegada, o por qué acaba marchándose. Y, claro, sería relevante considerar la información sobre los flujos económicos que se producen hacia los lugares de partida y que quizás explican más cosas de lo que pensamos.
Y, todavía, una tercera cuestión. Desconfío de las actitudes bienintencionadas que disimulan la conflictividad de la relación entre forasteros recién llegados y los ciudadanos que ya están establecidos en el país, sea cual sea el origen. Las claras tendencias xenofílicas –que muestran, en particular, los partidos más centrales a derecha e izquierda, los medios de comunicación y una cierta tertulianidad (pasenme el neologismo, pero me resisto a llamarlo intelectualidad)–, he comprobado que a menudo no hacen nada más que acentuar las actitudes xenofóbicas. ¿Se tienen datos, por ejemplo, sobre la intención de voto a las derechas extremas de aquí de maestros y profesores, o del personal sanitario, y todavía del conjunto de los servidores de la función pública? Según unos datos del periodista francés François Jarraud que daba Xavier Diez en su Espai de dissidència, el voto de los maestros franceses al Reagrupament Nacional de Le Pen ya podría haber llegado en junio del 2024 al 20 por ciento. ¿Y el de los funcionarios en general, al 29 por ciento. ¿Y aquí, qué pasará en las próximas municipales y en el Parlament? Limitarse a estudiar los números sobre trasvase entre partidos puede estar ocultando variables mucho más significativas en los decantamientos de voto.
Y vuelvo a la cuestión central y que considero previa a todo debate sobre la incorporación de la población recién llegada. Es decir, saber cómo se puede identificar este país cuando se llega a él. Y lo digo a la vista de la desorientación general que los mismos catalanes mostramos sobre quiénes somos nosotros mismos. Una desorientación en parte propia de los tiempos convulsos que vivimos, sí, pero aún más de las consecuencias planificadas para borrar los perfiles de la nación, de la comunidad. Que, como veíamos hace poco, aspirantes a la universidad no conozcan el nombre del presidente del país y puedan responder que se llama Salvador Dalí o Salvador Espriu es una vergüenza. Y que en un concurso televisivo, ante una pregunta sobre canciones populares catalanas, se muestre que una persona de dieciocho años, escolarizada desde los cuatro aquí, las confunda con el Virolai o Els Segadors porque estas ni le suenan es, cuanto menos, un síntoma del proceso de desintegración colectiva en que vivimos. Y que no se pueda exigir un mínimo de conocimiento del catalán a quienes quieren regularizar su arraigo en el país es escandaloso. ¿Cómo queréis que el migrante identifique a qué sociedad, a qué nación, se le pide que se incorpore? ¿O es que ya está bien que solo "se integre" en España?