Periodismo dócil que quiere parecer rebelde

Confieso que a la hora del almuerzo pongo a veces La 1 para poder disfrutar del final del programa conducido por el periodista valenciano Javier Ruiz (52 años), con la presencia de su colaboradora y pareja Sarah Santaolalla (27 años). La gestualidad de Ruiz recuerda la de algunos comunicadores de antaño, como Alfredo Amestoy o Jesús Hermida; la de Santaolalla es de más difícil clasificación. En cualquier caso, el programa hace imposible no evocar formatos de finales de la década de 1990 (todo vuelve) y contenidos simétricos a los de los informativos de la era Rajoy, aunque los de ahora, obviamente, sirven para construir una hagiografía diaria de Pedro Sánchez y su gobierno. Los más jóvenes de la colla quizás ya no recuerdan que este estilo, donde confluyen viscosamente información y opinión, lo introdujo en España el viejo José María Carrascal. Hoy forma parte ya de la normalidad.

El periodismo del tándem Ruiz - Santaolalla reposa sobre tres axiomas: a) la realidad emana de las declaraciones del gobierno, mientras que las informaciones que podrían llegar a cuestionarlas o contradecirlas forman parte, sin excepciones, de "los bulos de la extrema derecha"; b) todo lo que no concuerde estrictamente con las directrices del gobierno de Pedro Sánchez deriva de creer en "un pasado idealizadoyc) los juicios populares expreso de que cada media hora potinean las nuevas masas en las redes sociales son justos o injustos en función de la adscripción partidista de la persona a la que se martiriza a lo largo de unas horas.

Cargando
No hay anuncios

En términos retóricos, el primer axioma es infalible: parte de la base de que existe una verdad prístina, una, en medio de oscuras migajas informativas segregadas por las fuerzas del Mal. Usted, señora Dolors, ¿qué prefiere, eh? Y usted, señor Pepet, no me dirá ahora que opta por los "bulos de la extrema derecha¿Teniendo a mano nuestra verdad rigurosamente contrastada? ¡No, hombre, no! El dilema se resuelve solo y, por eso, funciona tan bien incluso cuando lo que se defiende es más bien indefensable. los que construyen un pasado idealizado se han convertido en un efectivo recurso dialéctico. determinado es porque han sido manipulados o porque no comprenden la complejidad de la historia (recuerden lo que se decía de los catalanes en el año 2017). neutral y objetivo (!?) que sólo manipulan los demás; nosotros, nunca, escuche! Esta metanarrativa es simplificadora y paternalista.

El escandalismo, por último, merece un comentario aparte, porque es la disfunción que hoy guía la mayoría de inercias comunicativas. En términos políticos, la posmodernidad paródica es uno —digamos— asamblearismo por aclamación de carácter autorreferencial, donde el escándalo no desempeña un papel circunstancial sino programático. Por medio del like, en las redes sociales se decide anónimamente qué es escandaloso y qué no. La crucifixión posterior se realiza con la complicidad activa de muchos periodistas. Una vez visto que todo aquello era fuego de virutas —es decir, casi siempre— nunca hay disculpas proporcionadas al mal causado.

Cargando
No hay anuncios

No creo que Javier Ruiz o Sarah Santaolalla sean malos comunicadores, pero estoy convencido de que la posición en la que se encuentran hace imposible resolver las disfunciones que protagonizan a diario. Ha ocurrido con el PP y con el PSOE, pasó con CiU y con los tripartitos o con otros gobiernos de la Generalitat. Nadie se atreve a expulsar a los partidos políticos de la tele y de la radio. Nadie quiere ser el primero.