PISA y la inclusión que excluye

El fiasco catalán de PISA no es solo un error estadístico. Es una paradoja educativa. Cuando casi uno de cada cuatro alumnos seleccionados queda fuera de una prueba que debe retratar el sistema, el problema no es únicamente que la muestra deje de ser fiable. El problema es qué revela esta exclusión sobre nuestra manera de entender la inclusión.Una escuela inclusiva no puede demostrar su inclusión excluyendo de la evaluación a los alumnos que más revelan sus límites.Cataluña hace años que participa en PISA, y la Administración conocía los criterios, el procedimiento y la importancia de preservar la representatividad de la muestra. No basta con hablar de una confusión: hay que explicar por qué ningún mecanismo de control no detuvo una desviación de esta magnitud. Hay, naturalmente, casos excepcionales en que un alumno no puede hacer una prueba como PISA en condiciones válidas. Pero cuando la excepción se extiende hasta dejar fuera casi una cuarta parte de la muestra, ya no hablamos solo de un problema técnico. Hablamos de un diagnóstico que ha dejado de representar las aulas que pretendía evaluar.Los alumnos con dificultades cognitivas, emocionales, conductuales o lingüísticas no son una anomalía del sistema. Son el sistema. No podemos considerarlos plenamente incluidos si dejan de contar cuando evaluamos qué consigue la escuela. Aquí aparece una confusión habitual: identificar inclusión con protección. Proteger a un alumno de una situación que realmente no puede afrontar puede ser necesario. Pero interpretar demasiado ampliamente las dificultades como un motivo para no evaluarlo es otra cosa. Puede parecer compasivo, pero puede reducir las expectativas y evitar la pregunta más incómoda: ¿qué ha aprendido este alumno y qué no ha sabido ofrecerle el sistema? Dejar de preguntar no es incluir. Aquello que no se evalúa no desaparece. Simplemente deja de interpelarnos. Si los alumnos más vulnerables quedan fuera de la muestra, la fotografía puede resultar más cómoda, pero es menos honesta. Ya no explica qué está haciendo la escuela con el conjunto del alumnado, sino solo con aquellos que hemos considerado más fácilmente evaluables.

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Cuando una parte de los alumnos desaparece del diagnóstico, también se debilita la responsabilidad del sistema hacia ellos. Sin datos fiables, no sabemos si los soportes funcionan, si las adaptaciones permiten aprender o si la inclusión es más que presencia y retórica. Los procesos importan, pero no pueden sustituir los resultados. Si la inclusión solo se valora por lo que despliega y no por lo que consigue, siempre podrá declararse un éxito. No se trata de defender una prueba idéntica para todos. La educación inclusiva necesita adaptaciones, instrumentos diversos y criterio profesional. Pero adaptar no es apartar. Reconocer una dificultad no puede equivaler automáticamente a dejar de mirarla.La inclusión no se puede medir solo por el número de alumnos que comparten aula, sino por la capacidad del sistema de asumir los resultados. Estar en el aula no es todavía estar plenamente incluido si, cuando llega la hora de evaluar qué ha funcionado y qué no, estos alumnos dejan de contar.Quizás el problema más incómodo es que el sistema no acaba de creerse su propia idea de inclusión. La proclama y lo rodea de soportes, protocolos y discursos. Pero cuando llega la hora de comprobar qué está consiguiendo con los alumnos que más la ponen a prueba, el compromiso se vuelve menos firme. Buenas intenciones, malas decisiones. Y una política demasiado pendiente de salir bien en la fotografía. Si la realidad puede estropear el relato, la tentación es dejarla fuera de campo.El caso PISA obliga a hacer una pregunta incómoda: ¿queremos saber realmente cómo funciona el sistema con los alumnos que tienen más dificultades, o solo queremos acreditar que los tenemos dentro?Una escuela inclusiva no es aquella en la que nadie queda mal en la fotografía. Es aquella que no recorta la imagen para que solo salgan quienes confirman el relato. Cuando una política inclusiva solo acepta ser evaluada si la imagen es favorable, ya no está midiendo la inclusión. Está gestionando la apariencia.