Mi piso a cambio de un pueblo
Esta semana han aparecido nuevos anuncios de pueblos enteros en venta por quinientos mil euros. Lo confieso, soy de los que dedica tiempo a ver estos anuncios, movido por una especie de fascinación, ensueño y estupor al mismo tiempo. ¿Vendemos el piso y nos vamos ahí?, suelo decirle a mi familia, sabiendo que planteo un imposible.
Un economista está obligado a responder a esta pregunta: ¿cómo puede un pueblo entero valer igual que mi octavo piso del ensanche barcelonés? Un pueblo real. Seis u ocho casas, algunas en ruinas, otras a medio rehabilitar, calles, una plaza... A veces sin electricidad; otras, a medio instalar. Campos, hectáreas, caminos, silencio. Todo por menos de lo que cuesta un octavo piso interior, sin ascensor, con vistas a un patio de luces donde nunca da el sol.
La explicación fácil es la de siempre: oferta y demanda. Donde hay gente, hay precios. Donde no la hay, no. Pero esa explicación se queda corta. Porque lo que se está valorando en un piso en una gran ciudad no es solo el inmueble. Es el entorno habitable y lleno de servicios: escuelas, hospitales... El acceso al trabajo, a los servicios, a la red de intercambios. Las ciudades son densidades de intercambio. Personas que ofrecen servicios, que consumen los de otros, que crean oportunidades cruzadas.
En el fondo, lo que se compra en la ciudad no son metros cuadrados, sino posibilidades.
Un pueblo vacío es económicamente inerte. No genera intercambio, no genera renta, no genera expectativas. Carece de actividad. De ahí su precio de derribo, nunca mejor dicho.
Aquí es donde conviene rescatar una idea vieja, casi olvidada: la del falansterio. Aquellos proyectos del siglo XIX que imaginaban comunidades autosuficientes, con producción, servicios internos y una lógica cooperativa. Muchos fracasaron, otros sobrevivieron, pero todos partían de una intuición correcta: una economía no nace de un individuo, sino de un grupo organizado.
Un pueblo puede ser una economía cerrada en su inicio: unas familias que intercambian servicios básicos, que producen algo, que generan un pequeño PIB local. Y, enseguida, abrirse al exterior. Exportar lo que sabe hacer. Atraer visitantes, clientes, actividad. Así nacieron, de hecho, casi todas las ciudades antes de ser ciudades.
Los pueblos vacíos no necesitan mega proyectos. Necesitan gente dispuesta a construir comunidad económica donde hoy no la hay. Estos anuncios no son solo para un inversor particular que va a levantar un negocio de turismo rural con campo de golf. Son oportunidades para grupos de aventureros.
Valientes dispuestos a crear nuevas densidades de intercambio fuera de los lugares de siempre.
Es difícil, pero no imposible. Por lo menos, económicamente. Otra cosa distinta es estar dispuesto a tamaño esfuerzo. De ahí, esos precios.