La pregunta de cada verano

Mientras el mundo sigue su curso dramático e inseguro, con una guerra de Putin en Ucrania que ha alterado todos los equilibrios geopolíticos –el último episodio es la tensión EE.UU.-China por Taiwán–, mientras asistimos a la impotencia global ante la amenaza creciente de la crisis climática y mientras la economía se tambalea por la pandemia y la misma guerra, en Catalunya, en las tertulias de amigos de este verano, un año más vuelve a salir, ni que sea con sordina, el eco nostálgico del Procés, la decepción con el presente, la perplejidad. ¿Podía haber ido de otro modo? ¿Y ahora qué?

En el independentismo enfadado con el mundo ha cuajado la idea de que los líderes traicionaron al pueblo. Una creencia que contradice los hechos: la audacia del referéndum, y la vergonzosa represión policial, llevó a la cúpula dirigente a arriesgar más. El mundo nos miraba y quizás la podíamos armarla algo más gorda. Sabían que acabaría mal, como así fue, pero a pesar de todo se la jugaron. Renunciaron, pues, a frenar a tiempo, a preservar el autogobierno, a reunir fuerzas y a preparar así un nuevo embate desde dentro de la legalidad. Por lo tanto, si una cosa se puede criticar a los líderes no es el miedo, sino la falta de prudencia, la falta de valentía para decir la verdad, para decir que tocaba parar. La sugestión colectiva nos obnubiló. Cinco años después, algunos todavía no han salido del espejismo.

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Contrariamente a lo que se suele decir, la Transición fue mucho más arriesgada que el Procés, por eso en la primera hubo pacto y en la segunda huida hacia delante. Durante la Transición, en el otro lado estaba el ejército; durante el Procés, una sociedad catalana emancipada frente a un Estado aparentemente dubitativo (recordad a Rajoy diciendo que no habría referéndum). La Transición no fue pacífica e idílica como se ha querido vender. Los últimos estudios han contado 134 muertos por violencia policial hasta 1982. Afortunadamente, en el Procés no hubo ningún muerto.

Ahora está la mesa de diálogo entre gobiernos. No se trata de creer o no creer, sino de aprovechar que el Estado se ha sentado. Claro, el Gobierno de Sánchez no está para hacer ninguna concesión graciosa ni fácil, sino para aplacar a la fiera. Y el Gobierno catalán lo mismo, pero a la inversa. Los procesos de mediación ya tienen esto: quien ostenta el poder busca desactivar la parte irredento, mientras que los sublevados ensayan una salida digna sin renunciar a los objetivos finales. Así estamos.

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Aldous Huxley decía que la gran lección de la historia de la humanidad es que la gente no aprende las lecciones de la historia de la humanidad. ¿Aprenderemos, los catalanes, de nuestra historia? Lo hemos hecho cuando hemos sido capaces de sumar a través de grandes consensos. Las síntesis pujolista o maragalliana, como la fundacional de Prat de la Riba, iban por aquí. Y con esta idea se puso en marcha el Procés, buscando un amplio apoyo en el derecho a decidir, eufemismo de la autodeterminación, y dándole a la nación un carácter cívico y social, inclusivo. La idea de votar sobre el propio futuro ha cuajado. En cambio, vuelve a haber un peligroso cierre de filas identitario. La aceleración procesista acabó siendo contraproducente en muchos sentidos.

El diálogo político con el Estado es lento y pesado. Ya no está la alegría de las movilizaciones. El protagonismo no lo tiene la gente, sino los noveles políticos profesionales, con la responsabilidad añadida de gobernar en medio de unas cuantas crisis mundiales. Diálogo y gobierno autonómico: si no hay consenso por esta doble vía –y es notorio que no lo hay–, costará mucho que salga algo bueno. La clave del consenso la tiene JxCat, que de momento ha decidido que sí que vale la pena el ejercicio del poder autonómico, pero no la mesa de diálogo. El próximo ciclo electoral decidirá si finalmente quieren ser la conciencia crítica interna del diálogo o si se acaban apartando tanto del diálogo como del Govern.