En la punta del muelle
Cuando construyeron el espigón, la bahía se convirtió en un estanque. Esta mañana, las nubes forman un techo allí. De pequeño, para mí la punta del muelle representaba un límite misterioso que podía ver desde casa. Era territorio adulto. Corre una fotografía de un Gaziel septuagenario sentado en el espigón, con el bastón al lado. En la punta del muelle hay un faro modesto, como un fósforo blanco con la punta verde. Tiene pintados unos grandes números negros que son las coordenadas geográficas, 41º46,5’ N y 3º1,9’ E.
En esta Cataluña de todos que hoy es la de nadie, es mucha suerte tener algún punto de referencia. Cuando la responsabilidad se abandona, la desorientación se vuelve la dueña de todo. Sintiéndome catalán, tengo una conciencia y unos valores forjados en la resistencia, como estos bloques de hormigón que absorben el impacto de las olas. Cuarenta años de corrosión han ido minando la responsabilidad a mi alrededor, dilapidando la herencia e instrumentalizando los valores hasta vaciarlos y pervertirlos. Como el guardián que abandona la vigilancia, la responsabilidad deja un vacío que los depredadores corren a aprovechar en nombre de las ideas o el dinero. En ningún lugar se demuestra mejor esto que en la enseñanza, tan degradada que ya proponen enviar allí a policías. La enseñanza, la médula de la democracia, es decir de la libertad, reconvertida en una prisión. En ningún lugar como aquí se delata la densidad de la hipocresía que nos recubre.El brazo del espigón hace una eslora larga y arraigada. El puerto fue construido para mover mercancías, principalmente corcho y mineral, pero hoy es un gran club náutico para los yates, las lanchas y los veleros que en agosto infectarán las calas. Llegaba el trenecito desde Girona, aún queda un almacén que se ha reconvertido en restaurante, con la locomotora en el interior, entre las mesas. La pequeña cofradía de pescadores está al fondo del puerto, en el rincón de la cala que el muelle ha recubierto completamente con los aparcamientos y el bloque gigante del edificio Juan I, que estropea la entrada por mar a esta ciudad, Sant Feliu, de hecho Sant Feliu el Africano, que según la leyenda tiraron a mar con una muela atada al cuello desde esta cala, que por eso se llama, o se llamaba antes del puerto, Calassans o Cala Sants. Todo ha quedado aplastada bajo capas de hormigón y asfalto, desfigurada también por el espigón al final del cual, en la punta del muelle, está este faro con los números de las coordenadas geográficas pintados, que de noche, cuando el faro se enciende y se apaga, se vuelven visibles intermitentemente hasta que vuelve a amanecer.