Reino Unido: las elecciones del covid

Las fotos de la primera página de los diarios del sábado en el Reino Unido lo decían todo. Un muñeco hinchable del primer ministro, de unos tres metros de altura y con el pulgar levantado en un característico gesto de optimismo, se elevaba sobre un sonriente Johnson en la ciudad de Hartlepool, ahora conservadora, en una costa nordeste donde tiempo atrás la industria naviera había prosperado y donde el Partido Laborista había reinado holgadamente desde 1964.

El Superjueves combinó la votación extraordinaria de Hartlepool –desencadenada por la renuncia de un parlamentario laborista acusado de acoso sexual– con todo un abanico de elecciones en todo el Reino Unido: consejos regionales, alcaldías y Parlamentos nacionales. A pesar de la victoria laborista en Gales y el hecho de que el alcalde de Londres, Sadiq Khan, mantuviera el poder -aunque con una mayoría reducida-, el triunfo fue para los conservadores. Johnson interpretó el resultado como un apoyo a su insistencia en conseguir completar el Brexit, por muy chapuceros y perjudiciales que finalmente puedan resultar para el Reino Unido los acuerdos establecidos deprisa y corriendo.

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En Hartlepool la mayoría de los votantes estuvieron de acuerdo con él y renunciaron a la fidelidad de unas cuantas generaciones a los laboristas. Habían comulgado con el mantra de que de alguna manera la UE era la culpable del declive postindustrial de su región y habían sido partidarios del Brexit. Hacía tiempo que los laboristas habían prometido un cambio que no parecía llegar nunca. Mientras tanto, el alcalde conservador se ha mostrado como un catalizador en la cuestión de las zonas francas y ha sido elegido para un tercer mandato. Ahora los expertos predicen un mandato de Johnson más largo que la trascendental década de Thatcher.

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Es desconcertante que un primer ministro que tiene una relación más bien precaria con la verdad, que apenas es capaz de recordar una serie de hechos, que ha sido acusado de beneficiarse personalmente de su cargo y que preside un gobierno que fomenta un amiguismo de estilo latinoamericano, pueda mantener una popularidad personal tan grande. Pero parece que el electorado británico prefiere un payaso pícaro que tiene una vaga noción de los clásicos de Eton y el carisma que otorga la celebridad a los discursos sinceros de un líder de la oposición decente que tiene experiencia como abogado de derechos humanos y que ha luchado a favor de la igualdad y contra la injusticia. El problema es que Keir Starmer es más estadista que político y, a pesar de su juventud obrera, no hace vibrar el corazón ni las esperanzas de la población envejecida de Hartlepool, ni, de hecho, de muchos de los votantes de los consejos locales de Inglaterra. Además, durante los momentos críticos de la pandemia, optó en general por dar el apoyo de los laboristas al gobierno. Así pues, ahora un sonriente Boris ha aprovechado “el efecto covid” que el éxito de la implementación de la vacuna ha dado a los conservadores. Ahora podrá trampear las críticas de los parlamentarios de su propio partido, cada vez más ruidosas, que quieren un relajamiento de las restricciones por el covid y que son en gran parte contrarios a las máscaras y críticos con el extenso programa de gastos del ministro Rishi Sunak para afrontar la crisis del covid.

Para el laborismo, el problema aquí es que las generosas medidas de inversión, préstamo y apoyo al mundo del trabajo afectado por el covid que ha impulsado Sunak han sido tan radicales como cualquiera de los puntos contenidos en el programa laborista de Corbyn-MacDonald. Quizás esta plataforma tuvo éxito entre los votantes de izquierdas, pero supuso una derrota histórica de los laboristas en las últimas elecciones generales, a pesar de que quizás también esto fue un efecto de la personalidad (Jeremy Corbyn) que de la realidad.

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En todo caso, los límites tradicionales entre la izquierda y la derecha de la austeridad son difíciles de ver en estos tiempos de gasto gubernamental. Lo que está claro es que la inversión actual del gobierno en la economía, la salud y el bienestar nacional ha sido mayor que en cualquier momento desde los primeros y radicales planes laboristas de la posguerra. Junto con la retórica conservadora de "subir de nivel" al empobrecido norte desindustrializadoo y convertirlo en una potencia equivalente al sur, esta situación da a los laboristas poca política y ninguna base retórica para hacer campaña. Mientras tanto, la emergencia creada por la pandemia oculta muchos de los efectos negativos del Brexit: la caída de las importaciones y las exportaciones, el aumento de los precios, la falta de trabajadores jóvenes de la UE con contrato temporal –que tanto podían hacer de camareros como de jornaleros del campo–, la crisis inminente de las universidades...

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Solo las regiones –o lo que ahora a menudo se denominan naciones– se han mostrado contrarias a los tories. Gales ha votado rotundamente a los laboristas y ha premiado el gobierno regional por la manera en la que ha gestionado la pandemia. Escocia, mientras escribo esto, tiene una mayoría del Partido Nacional Escocés, a pesar de la penosa saga del caso de acoso contra el antecesor y "Pigmalión" de Sturgeon, que finalmente formó su propio partido competidor. Aun así, el SNP ha quedado a un escaño de la mayoría absoluta que esperaban Nicola Sturgeon –una política carismática y extremadamente competente– y sus partidarios. Solo esto último habría permitido al SNP insistir que Westminster tiene que conceder un nuevo referéndum "legal", puesto que hay un precedente en el referéndum previo acordado por el exprimer ministro conservador David Cameron. Aun así, Sturgeon no ha sido nunca partidaria de posponer nada y ya ha desafiado a Johnson afirmando que no hay ninguna "justificación democrática" para que Westminster niegue una segunda votación por la independencia.

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El caso de la independencia escocesa tiene algunas similitudes con Catalunya. Escocia está prácticamente dividida a partes iguales sobre la cuestión. Si el gobierno central se comporta de una manera demasiado autocrática y despectiva, la balanza se puede inclinar hacia la independencia, sobre todo teniendo en cuenta que Escocia se mostró contraria al Brexit. Pero introducir fronteras y tener que forjar acuerdos comerciales entre una Escocia independiente y un Reino Unido desunido donde viven tantos escoceses puede resultar incluso más difícil que la pesadilla administrativa del Brexit. Estas dificultades, si Westminster se comporta y permite en Escocia una plena autonomía sin independencia, podrían desanimar a los partidarios menos fervorosos de una Escocia independiente.

La metrópoli de Londres se podría considerar fácilmente como una nación: con una población de unos nueve millones de habitantes, Londres casi dobla los cinco millones de Escocia. Anti-Brexit y laborista, Londres, como otras conurbaciones superpoblades, no es muy querida por el resto del país. Tal vez las capitales del mundo podrían presentar argumentos para unirse y formar su propia liga independiente...

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Lisa Appignanesi es presidenta de la Royal Society of Literature