La reinserción de Urdangarin y los chicos de mi barrio
He ido a prisión varias veces, siempre invitada como escritora en los centros de formación de adultos que suelen tener. La visita que más me golpeó fue la del centro penitenciario de jóvenes, que antes estaba en Trinitat. Era un centro antiguo y destartalado con unas puertas gruesas de metal. El simple hecho de estar ahí dentro ya me provocaba cierta angustia, y me parece admirable el trabajo de los profesionales que acuden cada día a trabajar. Cuando los edificios son nuevos, como el de Lledoners o el de Puig de les Basses, el espacio es más aséptico y la arquitectura menos carcelera, pero el nudo en el estómago está a todas luces. Sobre todo cuando vas entrando y las puertas se van cerrando detrás de ti y te pones en la piel de quienes nunca salen de allí. Digo que la cárcel que más me golpeó fue la de jóvenes porque estaba llena de chicos que me resultaban muy familiares. De hecho, lo encontré de mi barrio, que me daban recuerdos para mis hermanos, y algunos no quisieron asistir al acto porque les daba vergüenza que los reconociera. Entre esos niños habría delincuentes vocacionales, auténticos malos de película, pero me dio la impresión de que muchos estaban allí por malas decisiones, para envolverse en ilegalidades sin calibrar muy bien las consecuencias a largo plazo de sus actos. Los chicos de mi calle que acababan en prisión –estos sí que los conocía– eran producto de la pobreza, del abandono en el que les dejaban los padres (con lo que los chicos son de la calle y las chicas de casa, ellos salían perjudicados por el machismo) y, en muchos casos, de la drogadicción. Recuerdo al Musta, por ejemplo, afable y simpático, cuyo nombre encontré un día en una nota breve deEl9 Nuevo. Había muerto por sobredosis.
He pensado en estos jóvenes después de ver los cortes con los que se anunciaban las entrevistas a Iñaki Urdangarin, primero la de Jordi Basté y después la de Jordi Évole. Qué contraste tan brutal entre unos y otro. Qué diferencia tan grande en la posibilidad de reinsertarse en la sociedad. Desde el punto de vista periodístico, entiendo que el yerno expulsado de una casa real, que ha caído en desgracia y ahora renace de las cenizas transformado en coach, es un material irresistible, una historia de tintes shakespearianos que atrapa la atención de los espectadores y genera una curiosidad morbosa. No es el primer caso. De hecho, es todo un género, lo de las entrevistas a delincuentes condenados y su redención pública. El problema es que el paso por la cárcel parece salir a cuenta en términos de visibilidad. Más aún cuando el entrevistado se presenta como víctima y no parece hacerse responsable de sus actos. Urdangarin, cuando explica la presión que sintió por parte de la familia real (se ve que el emérito le reprochó que no vivieran en un piso mayor), viene a justificar sus delitos. ¿Acaso fue un chivo expiatorio para salvar a la institución? Puede ser, pero quien se aprovechó de su lugar privilegiado para enriquecerse de manera ilegal fue él. En cualquier caso, nuestra capacidad de entender y escuchar a quienes han sido juzgados varía en función de los prejuicios que tengamos. De entrada, un hombre rubio y alto y guapo y yerno perfecto costará más de atrapar que un chico al que se le pide la documentación cada vez que sale a la calle y responde al fenotipo de "sospechoso habitual". El ex jugador de balonmano ha cumplido pena en unas condiciones infinitamente mejores que las de muchos de los jóvenes para los que el estigma de ser expresidiarios se sumará al de ser moros, pobres y carecer de formación. Ni posibilidades de escribir un libro como coach ni de ser entrevistados en prime time. Eso sí, Urdangarin y los chicos jóvenes quizás tienen algo en común: que delinquiron por aspiración. El yerno, porque aspiraba a ser más rico, a alcanzar el nivel del emérito; los demás aspiraban a salir de pobres.