Hace unos días, el grupo Fades anunciaba a través de Instagram que habían tenido que cancelar el concierto de Vilassar de Mar el 23 de junio después de que diversas personas del público lanzaran cubitos de hielo al escenario durante la actuación. A veces cuesta certificar el motivo de una agresión, pero muy pocas veces falla la intuición que determina su origen: en este caso, podía tratarse de odio a la expresión queer que encarnan o a la defensa que abanderan de la lengua y la cultura catalanas. Lo pueden saber, además, porque reciben constantemente, a diario, amenazas de este tipo a través de las redes sociales. Al día siguiente muchos medios se hicieron eco de la noticia y, como el mismo comunicado del grupo, relacionaban la agresión con el auge de la extrema derecha.Escribo ahora estas líneas con muchas dudas. Primero porque extrema derecha se ha convertido en un término tan impreciso y desgastado como salud mental, crisis de vivienda o neoliberalismo. Hacemos uso constantemente pensando que sabemos a qué nos referimos, pero con penas y trabajos denotan alguna certeza. Podríamos imaginar el perfil de persona que amenaza a un grupo de música por redes o que, más tarde, los agrede en un concierto: podría ser alguien que ha meditado el ataque; alguien que, de manera improvisada, se ha sentido lo bastante seguro para empezar a disparar cubitos de hielo; alguien que ha hecho de la violencia una forma de seducción; alguien que se ha dejado llevar por su entorno, en una especie de ritual iniciático que pasa por el odio a la diferencia. Algunos deben ser militantes de la extrema derecha y deben comulgar, sin fisuras, con su imaginario político. Sería maravilloso que fuera así, de hecho: sabríamos quiénes son, qué piensan, qué quieren. Pasa, sin embargo, y estoy seguro, que muchos de ellos no son fieles de Vox o de Alianza Catalana: quizás siguen gurus incels de internet, quizás sienten una frustración infinita, quizás solo saben expresar algún sentimiento si es desde la fobia y la aversión, quizás son incultos rencorosos o quizás son fans del nuevo binarismo centennial retrógrado. Ni idea. No escribo ahora para entender quiénes son, qué piensan, qué quieren. Lo que creo que les une a todos, a los que ahora insultan y más tarde convocarán redadas, es una severa sensación de legitimidad en el ágora pública, y he aquí, a mi parecer, uno de nuestros grandes desafíos. Todos ellos sienten que pueden hacerlo como no podían hacerlo hace unos años, que han recuperado, por fin, una libertad perdida por la corrección política y el buenismo de izquierdas, por la agenda feminista progresista que, según ellos, ha ido en contra de su bienestar. Extrema derecha aparte, la guerra, aquí, va de discurso y de lenguaje: hay quien cree que sus verdades, ahora, se pueden expresar con soberanía, franco albedrío y manga ancha. Pueden tomar la palabra porque nadie se la discute, pueden ocupar el espacio como les apetezca porque ya no queda nadie defendiéndolo.Rumiaba en estas cosas cuando, hace unos días, mientras justo pasaba esto en Vilassar, cenaba con una editora en el Pirineo que me dijo, convencida, que uno de los males de nuestro tiempo es que la gente que nos dedicamos a la palabra (escritores, editores, poetas, periodistas...) no la tomamos. Censuramos conductas reprobables con algún tuit rápido, un artículo breve (como este) y poca cosa más. Y suerte, de hecho, si lo hacemos. Muchas veces nos para la autocensura, el miedo, la vergüenza impuesta, la parálisis. Así, se ensancha la sensación de que el ágora pública, allí donde se encuentran los discursos, allí donde se encuentran los cuerpos, está vacía, desangelada, listísima para ser pavimentada con el empedrado del odio. Lo que me pregunto, hoy también, es qué pasaría si, en casos como este, en vez de que los organizadores leyeran un manifiesto después de la agresión y algunos medios publicaran la noticia, fingiendo espanto, un grupo de gente rodeara a los agresores, los denunciara o, sencillamente, con el deseo de tomar la palabra, de recuperar el espacio común, y de manera mucho más efectiva, les rompiera las piernas. Pero no lo haremos, claro.