La Sagrada Familia y los comerciantes

A la Melero entrevistaban los restauradores de la zona de la Sagrada Familia. Se quejaban del hecho de que ya tuvieron que cerrar por la visita del Papa y que ahora lo tienen que volver a hacer por la vuelta ciclista. Hablaba una representante de La Piazzenza, que es aquel local –he hecho un bocado placentero muchas veces– donde tanto te puedes comer una pizza, como una ensaladilla, como tortilla de patatas... También el dueño de un local de hamburguesas. Todos pagan un alquiler altísimo, por estar donde están, y un día sin facturar les perjudica. Se entiende.

Pero escuchándolos a todos me di cuenta de la poca representación que tiene, en el meollo de Barcelona, la cocina catalana. Los platos clásicos de esta cocina que tiene el recetario más antiguo de Europa. ¿Cómo puede ser que en los locales de nuestras grandes ciudades no haya butifarra con alubias (y sean unas alubias bien hechas), que no haya en las pizarras “pan con tomate” (y sea un pan con tomate bien mojado, con tomates buenos, de los de colgar)? ¿Cómo puede ser que no haya platillo de fricandó, de albóndigas con sepia? ¿Cómo puede ser que en todos estos locales no haya escrito “mar y montaña”? Los guiris no son idiotas del todo y ya se espabilarían para traducirlo. ¿Cómo puede ser que no haya una copa de espumoso en todos ellos (los hay, de los que mencionamos, que tienen una buena carta de vinos)? Durante la época del Procés en los bazares chinos había, con toda naturalidad, esteladas. ¿Por qué? Porque se vendían. El día que en los bazares chinos haya porrones, en formato souvenir, querrá decir que estamos medio salvados. Hace unos días que con lectores del ARA hemos ido a Sicilia, a seguir la ruta de El padrino. En Palermo, que es una ciudad que te recuerda, en muchos sentidos, Barcelona, no buscábamos locales de hamburguesa para comer. Íbamos locos buscando berenjena. ¿Por qué? Porque allí hacen berenjena.