El salto al vacío de Banksy
1. Waterloo Place es un lugar donde nunca pasa nada. Los clubes de caballeros que hay en los edificios de Pall Mall convierten el paseo bajo los soportales señoriales de Londres en un paisaje disecado en otra época. De repente, sin embargo, este bello rincón de Westminster ha vivido una sacudida artística que es, también, una pertinente crítica política de alcance mundial. Banksy ha plantado una obra suya que, en vez de ser una habitual pintura de pared, es una escultura con volumen, con relieve y con mucha carga de profundidad. Un hombre, con traje de sastre, cegado por su propia bandera, camina sin darse cuenta de que caerá del pedestal. La obra es la metáfora perfecta de la extrema derecha de las prioridades nacionales que, con la América para los americanos, la España para los españoles y así seguir, va directo hacia el salto al vacío. Envolucrados por las causas nacionalistas, con los ojos tapados por el odio y el egoísmo, nos lleva a todos hacia el precipicio. Un pequeño paso para el facha, pero un paso de consecuencias nefastas para la humanidad.
2. La escultura de Banksy, plantada en una sola noche, es un grito de alerta al mundo. Es el arte valiente, comprometido y que expresa los temores del tiempo que le ha tocado vivir. Es una castaña, tan bella como bien dada, a la ceguera patriótica que nos lleva globalmente por el pedregal. Aquello que no hace la ONU, de parar los pies a quienes se saltan las leyes internacionales, quienes inician guerras sin motivo, quienes no saben acabarlas, quienes matan población civil con drones, misiles y bombas de todo tipo, lo intenta hacer un artista con una sátira genial. Banksy nos describe el vértigo que comporta el MAGA de Trump. O la Francia de Jordan Bardella, que vincula la regularización de inmigrantes en España con la delincuencia y la degradación social. O, sin ir más lejos, la España del diputado de Vox que en el Parlament de Catalunya se dirigió a Najat Driouech, diputada de Esquerra, para decirle “No la deportaremos, de momento”. No sé si es peor lo que hay antes de la coma o este “de momento” que añadió después. No sé si me espanta más la amenaza de la frase o la islamofobia del diputado Tarradas, que rectificó con la boca pequeña. Él ya es, también, la escultura de Banksy.
3. No hace mucho, una mañana que Jordi Basté entrevistaba al cineasta David Trueba, le preguntó si ya había visto Torrente, presidente, la película española que más ha recaudado desde que los hermanos Lumière se pusieron a jugar con una cámara. Más allá de los comentarios cinematográficos, Trueba desarrolló una idea que me hizo aparcar el coche en el arcén, para saborear lo que decía. La idea era que, ante la justificación de Santiago Segura, que dice que en su película pega a todo el mundo –las derechas, las izquierdas, los fachas, los wokes, los independentistas–, hay que decir que no, que eso es injusto, que no todo el mundo debe recibir por igual, porque no todas las ideologías son igual de nocivas. Y Trueba añadía que, riendo riendo, no puede ser que se equiparen los disparates de unos y de otros. No todos son iguales. No es verdad. Y tiene razón. Todo el mundo puede tener contradicciones, pero el racismo, la homofobia y el machismo que predica la derecha más rancia, y que representa el mismo Torrente, son causas más censurables que otras, incluso en la comedia. La equidistancia, también en el arte o en las películas de un cuñadismo recalcitrante, continúa siendo un engaño. Es un refugio para los acomodados, que en el fondo no osan decir lo que piensan para no quedar muy mal con nadie. Al fin y al cabo, la frase de Trueba, que se mecía entre el sentido común y la filosofía, nos llevaría hasta aquel límite liberal, expresado por un gran pensador como Karl Popper: si toleras ideologías intolerantes (que quieren destruir los derechos y las libertades) acabas destruyendo la misma tolerancia. Por esta paradoja, estamos a punto de irnos a la mierda.