El papa León XIV y el cofundador de Anthropic, Christopher Olah, durante la presentación de la encíclica 'Magnifica humanitas'.
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Escritor
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Es una noticia muy interesante (y reconfortante) que el papa León XIV dedique su primera encíclica, Magnifica humanitas, a plantar cara a las grandes tecnológicas que pretenden liderar la implantación de un nuevo orden mundial autoritario, basado en el poder de unas pocas grandes oligarquías. León XIV dice no a la idea de un mundo controlado por los amos de la inteligencia artificial. Es el mundo de Alex Karp, el CEO de la compañía Palantir –de quien hablamos el otro día–, que predica y practica abiertamente la idea de concentrar el poder en las manos de quienes poseen no solo el arma nuclear, sino también (y sobre todo) el poder de la inteligencia artificial. Un mundo basado en una élite de señores y una humanidad hecha de sirvientes, a duras penas ratas de laboratorio obligadas a cumplir el papel asignado por un poder que, como Jano, tiene la doble cara de la guerra y la paz. Según cómo te mire y desde dónde te mire la IA, tu paso por este mundo puede ser relativamente plácido y bienestante (e irrelevante), o puede consistir en convertirte en carne picada en una de las más de cincuenta guerras que arden actualmente en el mundo con múltiples propósitos, pero uno principal: hacer dinero. Cuanto más se incrementa el gasto en seguridad de los estados y las grandes corporaciones, más se amplían la oferta y la demanda armamentísticas, y, por tanto, más conflictos acaba habiendo. La IA es causa y efecto al mismo tiempo de este círculo vicioso.León XIV reivindica el pensamiento humanista en contraposición a la lógica de lo que se conoce como tecnofeudalismo, o tecnofascismo, es decir: el estadio final de descomposición del capitalismo, en las antípodas de las democracias liberales (el liberalismo y la misma idea de libertad son banderas que se han hecho suyas los autoritarios: en este sentido, a Karp hay que agradecerle la media franqueza de no presentarse ya como un defensor de la libertad, sino del orden). El Papa tiene el acierto, así, de tomar parte en una de las cuestiones cruciales del mundo en el que le ha tocado ejercer el pontificado (su predecesor León XIII, de quien tomó el nombre, lo hizo poniéndose a favor de los derechos de los trabajadores). Se enfrenta a la vocación prometeica de las tecnológicas, de los grandes proveedores de servicios de IA y big data: como Prometeo, ellos también quieren tomar el fuego de los dioses, pero no para entregarlo a los hombres, sino para sojuzgarlo. También hay una vocación faraónica: leed el ensayo breve de Irene Cordón, Los faraones de Silicon Valley, donde se establece el inquietante paralelismo entre los faraones del Antiguo Egipto, que se hacían adorar como dioses, y los megamagnates de este mundo dominado por las grandes corporaciones de la IA.Es lógico que el Papa reaccione a esta situación, porque se trata —una vez más— de la suplantación de Dios. Quizás no habíamos estado nunca tan cerca. En un viejo relato de ciencia-ficción, Fredric Brown narra cómo, a un superordenador recién inaugurado –con gran alegría y expectación de los gobernantes–, se le pone a prueba con una primera y única pregunta: “¿Existe Dios?” La respuesta es igualmente concisa: “Ahora sí”.

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