San Jorge, el imbatible

Después de la cruzada para cambiarle el nombre al día de Sant Jordi, espero que las mentes obtusas estén creando un manifiesto para cambiar el nombre del Saint Patrick's Day (intolerable que se diga así) a “día de la cerveza”, coño. Ahora bien. Sant Jordi es un día tan radiante, radical y alegrísimo, tan único, tan sensato y alocado, que quererle cambiar el nombre o la intención, quererle cambiar un hilo del traje, son ganas de estrellarse contra la valla. La tradición de hacer cagar al tió, que nos encanta, la puedes explicar con un gesto suficiente de ironía en la boca –"pegan un tronco para que cague regalos, hihi"–. Pero con Sant Jordi la ironía y la suficiencia no se entenderían, no tienen cabida. Sant Jordi es la prueba tangible y tocada por los ángeles de aquel los catalanes hacen cosas” del añorado M. Rajoy. Llevas al ser más civilizado y culto del mundo a ver cómo hacemos cola bajo el sol para que nos firmen... un libro, y se restriega los ojos y pide la medicación.

San Valentín es azucarado, un día para regalar sándwicheras y vales para masajes, para pedir coulant de postre e ir a llenar las camas de pétalos, vosotros mismos. Pero nuestro verdadero día de los enamorados, Sant Jordi, es un día en que los que se quieren (sean amantes o amigos) tienen estipulado el regalo: un libro y una rosa. Jamás en la vida os regalarán –ni podréis regalar– nada tan increíble como flores y letras. Y encima lo regalamos por culpa de un dragón, como una novela del género romantasy. Comprad y regalaos. Y si compráis un autor ausente, no os preocupéis por la firma: venid a mi puesto, que, para poder, os firmo uno de la genial Rodoreda (difunta), de los adorados J.D. Salinger y Sánchez Piñol (odian las multitudes), del admirado emérito (tenía un compromiso) o del querido Eduardo Mendoza (que no os puede atender de la cola que tiene). Lo diré dos veces, que si no, no me explico. Muy buen Sant Jordi. ¡Muy buen Sant Jordi!