Sánchez Piñol y el buda de Montaigne
Me encuentro por la calle a Albert Sánchez Piñol. Hacía años que no nos veíamos. Fui un apasionado lector suyo. Le va la marcha y en cuestión de segundos ya estamos discutiendo de política, claro. Un precipitado combate dialéctico. Pero ni yo, ni la persona que me acompaña, una exnovia suya, tenemos ninguna pretensión de convencerlo: ya sabemos lo que piensa. Enfadado, da media vuelta y se va. ¡Es Albert! Tiene la sangre caliente. Seguro que coincidimos en una cosa: tanto él como yo solo sabemos leer y escribir, nada más. Naturalmente, él escribe muuuucho mejor.
Ahora que se acercan elecciones, habrá muchas conversaciones políticas atropelladas, cara a cara o por WhatsApp. A mí lo que me gusta es conversar sin necesidad de tener que ganar. Mi sueño erótico es que el interlocutor me haga dudar. Gadamer defendía el arte de dejarse convencer, el gusto de no tener razón. Es muy difícil, ¿eh? Los catalanes, como latinos mediterráneos, nos acaloramos. De los Pirineos hacia arriba, la cosa va más suave.
Lo he comprobado estos días en el Perigord de Michel de Montaigne. Éramos un grupo de lectores de l’ARA. En los restaurantes nos ponían en una sala aparte para no perturbar la placidez de las mesas de los franceses. Uno de los compañeros de viaje, Mariano, arquitecto, lo clavó: «Hay gente pa to». En realidad, es una cita: es lo que un día respondió el torero Rafael Ortega cuando le presentaron a Ortega y Gasset y le dijeron que era filósofo. «Hay gente pa to». Toda una filosofía que explica bastante bien qué pensaba el autor de los Ensayos. Todos somos singulares -unos más escandalosos que otros- y a la vez todos encarnamos la condición humana. Para cultivar la conversación o la amistad, debemos tener clara la divisa de Montaigne: «Yo soy yo porque tú eres tú».
En el pueblecito donde está el castillo de Montaigne conocimos a Pascal, una especie de MacGyver artista, que nos mostró el buda de cuatro toneladas de su jardín, una pieza traída hace unos años de Japón a Burdeos. ¿Un buda en Montaigne? No me imagino al sabio del Perigord iluminado por el nirvana. La espiritualidad no iba con él. Tenía los pies en el suelo. Era un señor moderado, escéptico, que, inspirado en los filósofos grecolatinos, aspiraba a la vida buena y la buena vida. Las ideas absolutas, las religiosas incluidas, le estorbaban más que le servían. Pero seguro que, como buen curioso adicto a la realidad y la diversidad, le habría despertado curiosidad el Buda. Le habría permitido seguir repensándose, dialogando consigo mismo y con el mundo.
¿Diálogo? Eso es precisamente lo que no ocurre en campaña electoral. Imperan los vómitos disfrazados de ideas. El teatro de la peor política. En democracia, la política debería ser escucha, conversación, pacto, participación, resolución de problemas y conflictos. Vocación de servicio público. Una alta funcionaria me decía hace poco: «Yo no trabajo para los de arriba [los políticos], trabajo para los de abajo [los ciudadanos]». ¡Trabajo! Durante el Procés, de tan obsesionados e ilusionados como estábamos, nos olvidamos de hacer funcionar el país: las escuelas, la sanidad, la vivienda, la lengua, los trenes, las energías renovables... Ahora se nos acumulan los problemas.
Sin renunciar a nada, toca volver al trabajo. Esta semana se ha hecho un homenaje póstumo a Josep M. Sans Travé, «el Pujol de los archivos», un erudito nacionalista que no paró de trabajar. Le debemos la ambición de haber creado un imponente y eficaz Archivo Nacional y la determinación incansable para que devolvieran los papeles de Salamanca. A una colaboradora suya, Àngels Bernal, un día la calificó de «pesimista activa». Pues eso, por muy difícil que lo veamos todo, toca arremangarse. Y si puede ser, con inteligencia y razonadamente. Así es, por ejemplo, como el canadiense Carney hace frente al insensato y todopoderoso Trump.
En el siglo XVI, en plenas guerras de religión, nada de bromas, Montaigne fue asesor del hugonote Enrique IV de Francia (antes Enrique III de Navarra), a quien recomendó clemencia con los católicos. Sí, conversación, tolerancia y trabajo. Esto vale para Madrid y para Barcelona. Pero me temo que no vamos por ahí.