Sant Jordi: el día que salía del armario lector

Nací como lectora en segundo de EGB cuando, un año después de llegar a Cataluña, hicimos una excursión para visitar la Biblioteca Jaume Balmes de Vic. Lo he explicado muchas veces, pero lo repetiré hasta que me muera porque no quiero olvidar que existen lugares donde no hay bibliotecas, así como casas sin libros, y niñas, como la que yo fui, que no pueden comprar nunca ninguno. Ni hoy ni ningún otro día del año. Permitir el acceso a la lectura a los pobres es el acto más revolucionario, verdadero vector para fortalecer la conciencia ciudadana. Nutre de palabras para pensar, abre puertas a realidades lejanas, conecta con otras conciencias y pone al alcance la inmensa diversidad humana, con miradas tan diferentes sobre las cosas, con mentalidades tan radicalmente opuestas, con sensibilidades variadas e historias (individuales y colectivas) a las cuales no podríamos tener acceso en la vida real. Debo mi vocación lectora (y después la manía de escribir) a estos dos “equipamientos públicos”: la escuela y la biblioteca. Y en las visitas que hago ahora como escritora vuelvo a descubrir que muchos niños y niñas viven la misma realidad que viví yo: casas sin libros ni espacio propio para pensarse, para adquirir el lenguaje necesario para entenderse y entender el mundo que los rodea. 

Cada año por Sant Jordi me vuelve el recuerdo de las primeras veces que viví plenamente esta festividad. Me llega al cuerpo en forma de un calor tibio y un sentimiento de exaltación primaveral. Claro, debía tener... ¿trece, catorce años? Sí, es el tiempo de la exaltación primaveral permanente, incluso con temperaturas bajo cero que hay a menudo en el invierno comarcal. (A tocar de las murallas, rojo intenso sobre fondo gris de piedra antigua.)

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San Jorge también era el único día del año que podía salir de mi armario lector. Yo tenía esa manía de pasar horas y horas con la nariz metida en los libros, y eso era lo más extraño que se había visto en mi familia, en mi barrio y en mi escuela. No conocía a nadie que leyera. Que leyera por gusto y por afición. Solo las maestras entendían lo que hacía. Claro que para leer no necesitas compañía, pero siempre pienso que es una lástima no haber tenido con quién compartir la experiencia, amigos que disfrutaran de la lectura y con quienes pudiéramos intercambiar opiniones, recomendaciones, manías, filias y fobias lectoras. En mi barrio era tan poco habitual, eso de ser lectora empedernida, que yo lo vivía en secreto, como una especie de adicción, un vicio extraño que no tenía nadie más. Y de repente, el día de San Jorge salían personas como yo de debajo de las piedras. ¡Cuánta gente comprando libros, como caracoles después de la lluvia! ¿O sea que no era la única con esa identidad minoritaria y marginal? (ahora veo que en mi entorno de infancia leer era un rasgo diferencial que me marcaba mucho más que el de ser mora).

Esa era la mirada infantil, claro, creer que todos los que adquirían un ejemplar eran lectores apasionados como yo. San Jorge es una fiesta comercial en la que se compran muchos libros (cosa que hemos de celebrar, sería peor un día para comprar armas, por ejemplo) que contiene, como una matrioska, el día que sentimos nuestro los lectores que lo somos todo el año y los escritores que lo somos toda la vida: el día de la literatura. A veces no me siento parte de la fiesta, la verdad; a menudo me parece que los que amamos de verdad la literatura quedamos engullidos por el gran monstruo del mercado. Por suerte también es el día en que cada lector buscará a su autor y, aunque sea por un instante muy breve, nos reconoceremos como parte de una sociedad secreta formada por personas que al final del día se meterán en la cama y dejarán que las frases de alguien desconocido y lejano, alguien que quizás ya está muerto, penetren en las regiones más profundas del propio subconsciente.