Seremos la Maricarmen

Hace dos años que una de las portavoces del Sindicato de Inquilinas de Madrid, Valeria Racu, soltó una frase que –entonces no lo sabíamos– estos días recordamos con tristeza. Era un programa de Espejo público que empezó con la historia de una pensionista llamada Maricarmen, propietaria de un piso cuyo inquilino había dejado de pagar el alquiler y realquilaba las habitaciones. Tras reconocer que, sin duda, se trataba de una situación difícil, Racu pidió hablar de otra Maricarmen: "Una Maricarmen que conozco […], que se enfrenta a un desahucio porque una empresa ha comprado su bloque para invertir en él".

La Maricarmen inquilina –Maricarmen Abascal, de 87 años– finalmente ha sido desahuciada. Hacía 71 años que vivía en su casa. El desahucio fue la mañana del 23 de septiembre, y la casualidad –o un guiño cruel del destino– quiso que fuera exactamente el mismo día y a las mismas horas en que, dos años antes, Racu y Lacalle discutían por una Maricarmen u otra. Aunque la comparación entre ambos casos es tramposa, son dos caras de un problema poliédrico: haber normalizado el rentismo como fuente de ingresos, ya sea para acumular capital o para engordar una pensión insuficiente (cuya insuficiencia sería, en cualquier caso, un fracaso social), y ser incapaces de poner límites contundentes a la especulación inmobiliaria.

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En Madrid la pancarta de la concentración tras el desahucio decía "Todos somos la Maricarmen". En Barcelona, "Por todas las Maricarmen". Son algo más que consignas. La Maricarmen es ahora una mujer escindida en persona y en símbolo: un caso individual y un acontecimiento político que está aglutinando a la población ante una emergencia que nos salpica a todos. Porque no, es cierto: no todos somos la Maricarmen, por muchas Maricarmen que haya. No todos somos octogenarias con pensiones modestas y problemas de movilidad; no todos tenemos propietarios despiadados que nos echan con agua hirviendo; no todos pasamos estrecheces para pagar el alquiler; no todos tenemos un alquiler que pagar. Sin ir más lejos, los empresarios de la inmobiliaria que ha desahuciado a la Maricarmen sin aceptar negociaciones seguramente no tienen padres que "el día de mañana […] se puedan encontrar en la situación en la que, por desgracia, me encuentro yo", como sugirió la inquilina.

Sin embargo, sería un error no tomarse en serio la advertencia. Todos somos Maricarmen porque todos dependemos de los caprichos del mercado y lidiamos con las graves consecuencias de la falta de acceso a la vivienda, desde el crecimiento de la desigualdad, el empobrecimiento generalizado de una o dos generaciones y los desahucios de personas vulnerables hasta la crisis cultural, psicológica y de imaginación política que, entre otras cosas, radica en el hecho de que nos faltan espacios, bases, hogares desde donde pensar y organizarnos. Todos somos Maricarmen porque vivimos atravesados por un sistema devorador y sin memoria. No hay lealtades tampoco para los que se creen al lado de los vencedores: todos los cuerpos son leña para el fuego de la especulación tan pronto como la impunidad se desgasta y, lo sabemos, la buena suerte se estrella en un minuto: más o menos lo que se tarda en pronunciar palabras como lunes negro, 2008 o crack.

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La posibilidad del fracaso nos une; es la base de nuestra existencia. Vivimos sabiendo que moriremos, y aunque intentamos relativizar esta certeza, la angustia late en los tabúes que nos inventamos. Intentamos evitar el dolor, la precariedad, el infortunio. Nos comparamos con aquel que tenemos inmediatamente por debajo: "Esto, a mí, no me pasaría nunca; somos diferentes por tantas razones: esta y aquella y aquella otra", enumeramos espejismos como si recitáramos padrenuestros.

Reconocerse en la vulnerabilidad del otro es un acto de valentía. Hacen falta muchas dosis de esperanza para mirarse en el abismo de la pupila ajena y aceptar que caemos juntos. Digo esperanza y no desesperación porque, contra lo que se pueda pensar, no es tanto el desposeimiento lo que nos empuja a actuar como la compañía que encontramos en este desposeimiento, la comunidad que se forja en las ruinas y en los márgenes y en los daños colaterales de la opresión.

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También es un acto de solidaridad. El miedo a ser las siguientes es un rasgo que nos vincula a un movimiento y que se puede convertir en la base de nuestras alianzas. El miedo nos da un lenguaje común: nos sabemos envueltas en las mismas dinámicas de poder y precariedad, pero también vemos las diferencias que nos separan. La distribución de violencias y privilegios no crea nunca dos realidades iguales. Hay chispas de conexión, de comprensión, pero son intermitentes. Las alianzas no nacen de la equivalencia ni de la proximidad, sino de las asimetrías afines. Son, por encima de todo, cuestión de deseo y de reciprocidad.

Quizás no todos somos la Maricarmen, pero lo seremos. Porque la posibilidad de ser alguna cosa ya forma parte de nuestra realidad. Las ficciones del miedo son tan nuestras como nuestro reflejo y no importa que finalmente no se cumpla el maleficio. Habremos vivido con su sombra planeando sobre nuestras cabezas, pisándonos los pasos, haciéndose un lugar entre nuestras costillas hasta hundirse tan adentro que sea imposible saber qué es qué, quién fuimos y quién habríamos podido ser si hubiéramos sido otros.