¿Son marroquíes los jugadores de la selección marroquí?
Vengo de un mundo en el cual no existían ni la idea de nación ni mucho menos la de estado. La única pertenencia colectiva era la de la tribu y una difusa noción de la propia identidad basada en ciertos valores diferenciales supuestamente exclusivos de nuestra “raza” (castellanismo que equivalía a decir “nosotros”). Más allá de esta dimensión cercana de los parientes y familiar no había nada. La patria marroquí no nos ha representado nunca, estando como está fundamentada en la supremacía de los arabófonos y las élites afrancesadas que siempre han mirado con desprecio el norte, los salvajes del Rif. En cuanto al estado marroquí, el régimen no ha hecho más que maltratar la región desde el momento mismo en que pasó de manos del colonizador español al colonizador Hassan II. De manera que quienes venimos de allí no hemos heredado más que el silencio y la suspicacia ante el mahzen, el estado vigilante y corrupto que con su represión y abandono nos abocó a la diáspora. No emigramos, fuimos expulsados del lugar donde nacimos y hemos ido arraigando en los barrios de la periferia de la periferia de las ciudades europeas. Como ciudadanos de segunda aquí vivimos infinitamente mejor de lo que habríamos vivido en “nuestra tierra”.
Si estamos aquí es porque Marruecos continúa siendo un régimen tiránico y corrupto que sigue dejando en la miseria a sus “súbditos” mientras su rey vive en lujosos palacetes en París o regala joyas carísimas a mandatarios extranjeros. Todas las familias dispersas por Europa llevan incrustado en la garganta el mismo regusto amargo: el de saberse más exiliados que inmigrantes. Y haber salido adelante solos, solo con la ayuda de otros miembros de la tribu, sobreponiéndose al racismo y la precariedad, batallando para permitir que los hijos vivan mejor. Estos descendientes, que son lo que son porque el esfuerzo de sus padres se ha dado en democracias con educación y sanidad universales, con oportunidades impensables en origen, son más hijos de Europa que de Marruecos, aunque Europa siga sin verlos como propios. Excepto, claro está, si son unos cracks en su terreno. Entonces la integración y el reconocimiento son automáticos, nada que ver con los hombres que se dejan la piel estos días en las carreteras o con las señoras que limpian casas y cuidan ancianos.
Los futbolistas en un Mundial ponen en evidencia las fricciones y contradicciones de un mundo organizado en identidades colectivas que no siempre coinciden con los límites de los estados que representan las selecciones. Por la complejidad en su seno (hay 8 catalanes en el equipo de España, dijo Gabriel Rufián) pero también por la hipocresía en el trato a los descendientes de la inmigración, que cambia en función de los éxitos y las cifras de la cuenta corriente. También es hipocresía pura la que practica el gobierno de Marruecos yendo a fichar jugadores entre los hijos y nietos de los desterrados por su política extractiva y represiva. Algunos no han pisado nunca allí y solo aceptan formar parte porque no han sido seleccionados por su país real, que es aquel en el que han nacido y viven. Tienen el derecho de aprovechar esta oportunidad, ¡faltaría más!, el problema no son los jugadores, el problema es un régimen que, mientras sigue encarcelando a quienes se manifiestan para cambiar las condiciones en que vive la mayoría de marroquíes, aprovecha y reclama como propios a unos hombres por quienes no han hecho absolutamente nada. Nada más que maltratar a sus padres o abuelos expulsándolos de su propio país.
Al fin y al cabo, el Marruecos de quienes ya nos hemos hecho en esta orilla del Estrecho es un Marruecos muy pequeño: el de las mujeres de nuestras familias, el de las bienvenidas llenas de alegría que nos hacían cuando volvíamos al pueblo cada verano, el de los aromas que llenaban las casas para celebrar que habíamos vuelto. Allí no había banderas ni himnos nacionales, solo el afecto de quienes nos querían y se habían tenido que acostumbrar a echarnos de menos para siempre más cuando nos marchamos.