El sueño
Cojo el tren, muy temprano, para llegar a la capital. Tardaré una hora y diez minutos, que según cómo se mire es poco o es mucho. Me sirve para leer, contestar mensajes, encarar el día con cierta calma y pensar que el teléfono ya no lo usaré más hasta que vuelva por la noche. Es un tren que va bien (son loscatalanes) y debería tener más frecuencia de paso. Va siempre lleno de turistas que van y vienen de Montserrat.
A mi lado una mujer de pelo rizado, con un bolso falso de Louis Vuitton, tiene la cabeza contra la ventana. Debe venir de Manresa, me parece, porque está profundamente dormida. Delante, un chico joven, vestido con la sudadera de esa marca de moda y con una caja de herramientas a los pies, también duerme. Este te imaginas que estudia un grado, la caja no se ve profesional. A su lado, una chica, también joven, con muchos tatuajes en los brazos (va escotada ya como en verano), también duerme. Y al fondo, al lado de la puerta del lavabo, un hombre, mayor, ronca.
Mucha gente duerme en este vagón a esta hora. No vuelven de fiesta, van al trabajo o a estudiar. Se han levantado temprano para llegar quién sabe si a Abrera, Martorell o Barcelona, pero que duerman en el tren quiere decir que han pasado mala noche. O que van cortos de sueño. Recuerdo, claro, vueltas de fiesta en las que te dormías en el tren, de madrugada, pero no recuerdo levantarme un día cualquiera, sin haber salido, y ya tener sueño. Si te viene de esta hora, si no puedes evitar dormir –eso que llaman pasión de sueño– ya duchado y en el viaje al trabajo, ¿cómo encararás el día?
Me rodean algunas personas que duermen mal. Dicen que no saben qué es levantarse descansado y con energía. Entonces, ¿qué se pierden? ¿Cómo viven?