El súper de Nueva York

Jaume Collboni ha vuelto de Nueva York con una idea bajo el brazo. Tras reunirse con el alcalde Mamdani, ha anunciado que Barcelona tendrá una red de comercios asequibles. La preocupación es fácil de entender: en cinco años, la compra de alimentos se ha encarecido cerca de un 30%, y para muchas familias esta partida ya pesa demasiado en el presupuesto familiar. La propuesta tiene, además, cierto glamur: se ha presentado como una "experiencia genuinamente neoyorquina". Pero ¿qué quiere decir exactamente hacer más asequible la compra?Nos puede costar llenar la nevera por diferentes razones. Quizás en el barrio no tenemos suficiente oferta de producto fresco. O quizás tenemos supermercados y comercios al alcance, pero no podemos asumir sus precios. En un caso, falta oferta; en el otro, poder adquisitivo: tener una tienda debajo de casa no sirve de nada si no podemos pagarla. Ambos dificultan el acceso a una alimentación adecuada, pero no son el mismo problema ni requieren la misma respuesta.La prueba piloto del Ayuntamiento comenzará en la Marina del Prat Vermell, un barrio en crecimiento donde la oferta comercial todavía es limitada. Acercar allí producto fresco responde al primero de los problemas y tiene sentido. Pero el proyecto quiere ir más allá: no solo promete proximidad, sino también precios asequibles. Y aquí empieza la pregunta más interesante: ¿qué hará que lo sean? Porque bajar el precio tiene un coste: alguien lo ha de asumir, sea el Ayuntamiento, el gestor, los proveedores o una combinación de los tres.No hay una única manera de abaratar la compra. Nueva York proyecta cinco supermercados municipales: la ciudad asume parte de los costes y exige trasladar el ahorro a los precios, con un descuento para todo el que compre allí. Estambul, en cambio, lleva décadas combinando una red pública de alimentos a precios bajos con ayudas dirigidas a las familias con menos recursos. En el primer caso, el apoyo público abarata la misma cesta independientemente de quién haga la compra; en el segundo, una parte del esfuerzo se concentra en quien tiene menos renta. Cada fórmula destina los recursos públicos de manera diferente y no beneficia necesariamente a las mismas familias.Barcelona, además, no partee de cero. Tiene una red de mercados municipales, mercados de agricultores y cooperativas de consumo, y también experiencia con ayudas como las tarjetas monedero. Ya dispone, pues, de instrumentos para actuar tanto sobre la oferta como sobre la capacidad de compra de las familias. La pregunta es si hace falta crear una estructura nueva o si una parte del objetivo se puede alcanzar reforzando, conectando o reorientando los que ya existen. En la misma Marina, de hecho, el Ayuntamiento ya trabajaba para impulsar el comercio de proximidad antes del viaje a Nueva York. Mirar qué hacen otras ciudades puede ser útil, pero la cuestión no es de dónde importamos la idea, sino a quién queremos llegar, con qué instrumento y qué problema queremos resolver.