Superinteligencia: la guerra por el relato de la IA
Nos encontramos inmersos en un momento de confusión en el que cuanto más pasa el tiempo, más se complica y se intensifica la lucha por controlar el relato de la IA. A la tensión entre los diferentes bandos que intentan o bien vender o bien entender o bien regular estas creaciones tecnológicas, se le ha añadido otro giro de guion: Donald Trump ha ordenado que de ahora en adelante, en los asuntos gubernamentales, la IA se llame superinteligencia, lo que hará que también se sustituyan las siglas IA por SI. Esta medida (a Trump se le ve el plumero) es un intento de contrarrestar la animadversión creciente de la ciudadanía hacia la IA y sus representantes, que estos últimos meses se han dedicado a pregonar a diestro y siniestro los peligros de desarrollarla sin regulación.
No es ninguna casualidad que justamente el fin de semana pasado se viralizara un gag en el que la actriz Jane Wickline imita el talante y los discursos catastrofistas de Dario Amodei, el CEO de Anthropic. Además de hacer evidente que Sam Altman y Dario Amodei se han convertido en el hazmerreír de todos, el gag expone diáfanamente las preocupaciones de la ciudadanía: si, según estos tecnobros, la IA tiene que crear caos en el mercado laboral, si puede ser que nos mate a todos, ¿cuáles son los beneficios que hacen que nos aventuremos a ponerlo todo en riesgo? Da la impresión de que estos nuevos héroes tecnológicos se han metido en un callejón sin salida, porque se les superpone la preparación de la salida a bolsa con el posible estallido de la burbuja de la IA.
Para intentar enderezar este desbarajuste narrativo, Trump se ha apresurado a poner un parche terminológico de urgencia y, de paso, ha reafirmado su posición política. Es un gesto bien calculado, el suyo, porque hay que tener en cuenta que el tema de la regulación y del futuro de la IA será central en los debates de las elecciones de 2028 de los Estados Unidos. El grado de disensión de las posiciones políticas sobre la IA queda ejemplificado con el contraste entre este gesto de Trump (Partido Republicano) y un debate que organizó el senador Bernie Sanders (político independiente que fue candidato a la presidencia por el Partido Demócrata) esta primavera en el Capitolio. Sanders invitó a científicos chinos para debatir sobre el riesgo existencial de la IA y la necesidad de establecer acuerdos internacionales.
Tampoco debe ser casualidad que, justamente esta misma semana, Bill Gates, el fundador de Microsoft, haya concedido una entrevista a Ezra Klein para el New York Times en la que parece que quiera poner sentido común al argumentario incongruente de las nuevas hornadas de multimillonarios de la industria tecnológica. Diría que Gates, avalado por los años y años que lleva manteniéndose en primera línea y por su vertiente filantrópica, pretende erigirse en una voz razonable y dar credibilidad al proyecto de la IA. Klein, sin embargo, no se lo pone fácil: su tono agresivo se alinea de lleno con el estado de desconfianza actual de la opinión pública. Gates se defiende, irritado: en cada revolución tecnológica ha sido necesario regular. No es extraño, dice, pero sí que es urgente. El problema es que Microsoft y OpenAI han mantenido una relación tecnológica muy estrecha hasta ahora y que, mucho o poco, Gates también debe sentirse acorralado.
Como muchas otras mujeres del sector tecnológico, Timnit Gebru, conocida por su labor en la ética de la IA, y Emily M. Bender tienen una opinión muy distinta a la de Amodei, Altman y Gates. También hace apenas unos días publicaron un artículo de opinión contundente en The Guardian: dejémonos de superinteligencia, la IA por poco no provoca el estallido de una guerra mundial. Básicamente, Gebru y Bender defienden que la IA tiene una tendencia ineludible al error, y que es eso lo que nos debe preocupar. Es decir, el peligro no reside en el poder mágico y absoluto de los modelos de lenguaje, sino en su poca fiabilidad. Los argumentos, ya lo veis, son absolutamente opuestos.
A la pregunta de qué trabajos sobrevivirán a la superinteligencia, Bill Gates responde que, aunque las máquinas lo podrán hacer casi todo, quizás crearemos “reservas humanas” similares a las “reservas naturales”. Nuestros hijos, dice, tendrán maestros humanos si decidimos preservar este reino. Imaginemos por un momento que los ciberoligarcas tienen razón y que estas máquinas “superinteligentes” son todopoderosas. ¿Tendremos suficiente con estas “reservas”? ¿El mundo que están diseñando las grandes empresas tecnológicas es el mundo que queremos?