En suspenso

La investidura está pendiente de Carles Puigdemont y sorprende que en Madrid se sorprendan. Los plazos de Sánchez no son los de Puigdemont, que lleva seis años en una aburridísima ciudad belga en la que el tiempo pasa lento, todavía llueve, las casas tienen chimenea y gato y se hace mucha vida interior. El PSOE tiene interés en reducir al máximo los plazos de la tortura negociadora, pero Puigdemont carece de incentivos para ahorrarle tiempo ni ansiedad.

El ex president tiene que tomar la decisión política más importante desde su salida de Catalunya y, una vez más, como la noche del 25 al 26 de octubre de 2017, la tomará en buena medida presionado por la competición electoral interna con ERC.

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Para votar a favor de la investidura de Sánchez, el ex president debería hacerlo con un pacto en el bolsillo que vaya más allá del acuerdo que Oriol Junqueras y el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, firmaron el jueves. Un acuerdo de amnistía que se anunció como un pacto amplio que incluye al CDR y Tsunami Democrático, pero que Puigdemont y su abogado de la máxima confianza, Gonzalo Boye, consideran que no ampara los delitos de malversación que no cuelgan directamente del 1 de Octubre. Esto dejaría a algunos “soldados” –en expresión de Jordi Turull– fuera de protección. No es un tema menor para Puigdemont que la guardia pretoriana que lo ha protegido en los peores momentos, cuando temía por su integridad física, esté a refugio de los jueces.

'King maker'

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Carles Puigdemont hará esperar el acuerdo porque quiere dejar claro en Bruselas, en Madrid y en Catalunya que él es el king maker, pero también porque tendrá que explicar muy bien la posición a sus bases. Una parte de sus votantes aceptarían la decisión por la legitimidad presidencial que conserva, pero otra parte de sus seguidores se preguntarían si el acuerdo es una aceptación de la derrota de 2017, si es coherente con el “no surrender ” y si le han pagado por adelantado o no. Este último no es un sector que se pueda menospreciar, porque está activo en el Consell de la República y alza la voz en las redes sociales que han determinado, más de lo recomendable, el humor político de los últimos años. A los exiliados les duele que después de seis años sin poder volver y habiendo enterrado en la distancia a sus familiares haya quien se permita dudar de su firmeza. Y es que para los puristas, la nómina de los traidores no deja de crecer.

Escenario de ruptura

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Puigdemont puede demorar el acuerdo, pero todo indica que lo firmará. Si el president no votara la investidura capitalizaría el cuanto peor, mejor y facilitaría la victoria de un gobierno del PP con la extrema derecha como el aliado natural. Se abriría un escenario completamente distinto en el que, pese a los acercamientos de Junts con Feijóo, en ningún caso se negociaría una amnistía. JxCat volvería a desaparecer del escenario político porque la realidad es que los resultados electorales que le han permitido ponerse en el centro de las negociaciones le llegaron en el peor momento, cuando los de Junts prácticamente habían desaparecido de las instituciones.

La furia

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El PSOE está atrapado por su apuesta y necesita que culmine en investidura, pero sabe que la mayor parte del poder judicial intentará impugnar la letra de la ley.

Un PP furioso y una judicatura indignada ya han reaccionado contra la amnistía, incluso antes de conocer los términos del redactado. El ruido crece con el paso de las horas y pone nervioso al PSOE, porque la derecha y sus medios no escatiman adjetivos ni estrategias para dinamitar la negociación. Que si la reforma del reglamento del Senado para empantanar la tramitación, que si la Guardia Civil apuntando a Marta Rovira por Tsunami, que si 12 CDR procesados por terrorismo. Por no citar las profecías del Nostradamus de Aznar hablando del ocaso de la democracia. Las horas pueden envenenar la situación aún más, pero es difícil que no se acabe firmando un acuerdo que beneficiaría a los represaliados y sentaría las bases para negociar una mejora en términos de financiación e infraestructuras.

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Cambios estructurales no habrá, pero un acuerdo permitiría que bajara la inflamación y abordar temas concretos. "Hay sufrimiento y frustración y tenemos que saber encauzarlo", escribía estos días uno de los principales negociadores catalanes de la investidura de Pedro Sánchez. Así es, y una investidura de Sánchez permitiría poner el contador a cero. Ir a la casilla de salida y volver a fijar prioridades y una buena gestión de los recursos públicos, lo que no es menor. Frustrante para los partidos soberanistas y buena parte de los líderes de 2017, pero no menor.