El caos que vive Catalunya es insólito porque ahora mismo es descomunal, pero hace mucho tiempo que era previsible: porque con el caos de Cercanías llevamos muchos años conviviendo, directa o indirectamente, y hace muchos años que se menosprecia a sus usuarios, que se hacen virales a pesar de ellos mismos. Por eso los discursos políticos hacen tanto daño. Porque la realidad nos muestra demasiado a menudo las prioridades y los intereses. Pese a la lluvia y la nieve que cae incesante, todo acaba saliendo a la luz. Los trenes no se ponen en marcha, pero todas estas personas que pierden horas y paciencia en cada trayecto, si es que llegan a hacerlo, son buena parte de las que cada día sí ponen en marcha el país. Y el país está cansado, cabreado y decepcionado. Porque Catalunya, muchos días después de un accidente trágico, es, como dice aquél, casa mea y resbala. Can cuelga y descuelga, que decíamos en mi casa. Diga cómo desee.
Si no se cuida de las cosas, las cosas se estropean. En una era en la que en lugar de arreglarlas se tiran, las infraestructuras forman parte de esa dinámica desastrosa. Reciclamos por encima de nuestras posibilidades, pero no dejamos de producir en exceso. Vivimos rodeados de la desproporción. La ansiedad por acumular y competir ha relegado a la última plaza el cuidado de lo esencial para vivir. Si las infraestructuras que deben hacer que el país funcione no se cuidan, petan. No hace falta esperar las lluvias. Están estropeadas. Porque hay otros juguetes que nos gustan más ya los que hemos dedicado más atención y muchos más presupuestos. Impuestos, los nuestros. Porque queremos trenes que corran más mientras los que necesitamos que nos lleven a los sitios dejan de andar. La cuestión es ir siempre con prisas. Antes de terminar un proyecto ya se está abriendo otro nuevo. No respiramos. Queremos ampliar un aeropuerto cuando ya tenemos un exceso de personas que van y vienen y un exceso de contaminación de tanto ir y venir; queremos comer pescado, pero estrangulamos a los pocos pescadores que quedan; queremos comer fruta y verdura y carne, pero rehogamos el campesinado en burocracia y dejamos que se pierda el relieve generacional y los campos queden baldíos o quemados. Y, encima, lo que puede aprenderse del pasado queda relegado a una vía muerta, y la nostalgia que predomina es la del odio y la confrontación. Can mea y resbala se queda corto. Hace miedo.
Como seres humanos, en muchas circunstancias de nuestra vida esperamos llegar a un límite para empezar a poner manos a la obra. Pero esto los gobiernos no pueden permitírselo. Las dimisiones no solucionan el problema porque de lo que han dimitido es solucionarlo. Cómo contaba Roberto Espínola, vocal del Colegio de Geólogos y Geólogas de Catalunya, en este diario, "el riesgo cero no existe, pero eso no quiere decir que no tengan que hacerse los esfuerzos y las inversiones necesarios para minimizar este riesgo". Y de eso nos quejamos. Han esperado a que se llegara a un límite insostenible, a ese caos vergonzoso y decadente. Y llegando, se sirve en bandeja toda la carroña a los buitres, que sobrevuelan la zona frotándose las manos.
El pueblo siciliano de Niscemi, al sur de la isla, ha sufrido una deslizamiento de tierra causada por unas intensas lluvias, y uno de sus barrios ha quedado suspendido en el abismo. No es una metáfora. Las imágenes muestran literalmente cómo la tierra se ha caído y ha dejado un corte que parece el retrato del mundo actual. La tierra firme ha desaparecido. Cada vez podemos arraigarnos menos en un mundo que se deshace.
¿Dónde debemos cogernos para no caer?